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Entrevista a Víctor
Gaviria
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(Música
de Pestes y Martirio)
Hecha en junio del 2003,
esta entrevista apareció
el año siguiente en la
edición número 69 de la revista Kinetoscopio.
La reproducimos como una forma
de acompañar al director
y amigo en el estreno
de su nueva película. |
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Por
César Alzate Vargas
Víctor
Gaviria llega sobre las doce,
justo a la hora de nuestra
cita de hace seis meses. El
problema es que la de hoy
era a las nueve de la mañana,
y me alisto a almorzar cuando
él llama de la emisora,
convencido de que soy yo quien
ha incumplido, y me pregunta
con esa voz suya que nunca
se descompone qué pasó
(es inevitable que a uno le
caiga bien Víctor Gaviria).
Bueno, el hecho es que hablar
con Víctor es muy fácil
pero en cambio no lo es entrevistarlo,
y pues ya que él cuadró
en su agenda mental este espacio
para hacer el programa y el
técnico de la emisora
acepta encoger su hora de
almuerzo por nosotros, salgo
volando de nuevo. Voy a entrevistar
a Víctor para "Escritores",
el programa que hago en la
emisora de la Universidad
Nacional en Medellín,
y aunque el tema es la poesía
no podemos escapar al influjo
del cine. Al fin y al cabo
el cine contiene y rebasa
a las demás artes.
Dentro de Víctor coexisten
un poeta y un director de
cine que nunca aceptan separarse.
El poeta ha publicado siete
volúmenes: En la ciudad,
alguien también perplejo,
Con los que viajo sueño,
La luna y la ducha fría,
El pulso del cartógrafo,
El rey de los espantos, Los
días del olvidadizo
y La mañana del tiempo,
que acaba de aparecer bajo
el sello de Hombre Nuevo Editores.
También hay por ahí
un relato que debió
durar más. Por su parte,
el director ha realizado varios
cortometrajes, varias series
de televisión y tres
largometrajes de los cuales
ya hablaremos.
CAMINANDO
POR LAS CALLES SIN SABER A
DÓNDE VOY
Para ambientar la entrevista
ponemos uno de esos punks
de la estupenda banda sonora
de Rodrigo D. No futuro, de
un grupo que se llamaba Pestes,
y Víctor trae además
una canción de Martirio,
la deliciosa folclórica
española, titulada
Uno, y sobre ella hacemos
que lea varios de sus poemas
para los oyentes; algún
verso de cualquier poema retrata
al personaje tal como creo
que es, y lo uso en el título
de esta entrevista.
Hablando
de tus musas, me parece que
de hecho la diferencia entre
las películas tuyas
y cosas como La Virgen de
los Sicarios1, que se ocupan
también de la terrible
realidad de nuestros niños
(lo que en literatura se ha
dado en llamar la "sicaresca
paisa"), es precisamente
el toque de la poesía.
Cuando yo hice Rodrigo D.,
conocía mucho ese mundo.
Lo conocía como lector
de la poesía de Helí
Ramírez. Nosotros leímos
el gran libro de Helí,
En la parte alta abajo, y
fue hermosísimo escuchar
esos poemas-relatos tan maravillosos.
Esa poesía repercutió,
no en mi poesía (yo
no podría escribir
como Helí; no tengo
esas vivencias), pero sí
en el cine. Entonces, cuando
hice Rodrigo D. no es que
esa realidad me hubiera cogido
de sorpresa: yo ya lo conocía.
¿Qué
más tiene que decirle
la poesía a tu cine?
Cuando estábamos haciendo
Rodrigo D., a veces iban Fernando
Rendón y su compañera
(los realizadores del Festival
Internacional de Poesía
de Medellín). Se interesaban
en que trabajáramos
en un guión, que todavía
me sigue interesando, sobre
una comuna poética
que ellos vivieron. Antes
de que ellos trataran de cambiar
esta ciudad y este mundo a
través de ese Festival,
trataron de cambiar sus vidas
personales viviendo en una
comuna poética: todos
juntos en una finca, viviendo
en torno a la poesía.
Pero eso
es explosivo.
El guión de ellos es
un guión explosivo,
donde había quemas
de libros, promiscuidad sexual,
celos, explosiones de ira,
encuentros a través
de los hongos con la otra
realidad. Una película
muy interesante, que por ahí
está todavía.
Pero lo que te iba a decir
era que cuando estábamos
en pleno Rodrigo D., entrevistando
a la gente, ellos me hacían
el favor de transcribir unos
diálogos de los ensayos
y me decían: "Víctor,
mirá lo poesía
que hay en eso". Lo que
te quiero decir es que esa
realidad, toda, está
llena de poesía. Cuando
los pelaos hablaban, eran
como poemas: tenían
la misma forma del poema prosaico,
con cierta enunciación
dramatúrgica pero que
se resuelve en unas palabras
que tienen cierta ambigüedad,
como la poesía.
Alguien
decía hace mucho tiempo
que en Medellín hay
algo terriblemente abstracto
que se niega a toda descripción.
Supongo que tiene que ver
con la poesía. Pero
es a la vez una poesía
de la tragedia nuestra.
A lo mejor eso es lo que uno
está todo el tiempo
tratando de apresar, de expresar,
de traducir.
En prosa,
hiciste El pelaíto
que no duró nada. Este
relato, publicado por editorial
Planeta en 1991, iba a ser
la película que seguiría
a Rodrigo D.
Yo recogí El pelaíto
para convertirlo en un guión.
No tenía intenciones
literarias. Un guión,
en el caso mío: recojo
testimonios orales. Y en este
caso, primero que todo, me
di cuenta de que había
una historia. Empecé
a organizarla, a preguntar,
a editar, a quitar, poner
cosas, reescribir. Pero era
más bien el saber que
en una historia de esas había
una unidad del comienzo al
final y que había un
retrato de un barrio, de una
ciudad, de una juventud. Como
escritura era más bien
un trabajo antropológico.
¿Sabés por qué
no se hizo? Porque después
de Rodrigo D., me di cuenta
de que había una mala
atmósfera en torno
a mi deseo de hacer ese tipo
de cine. No tuve trabajo un
tiempo, encontraba que donde
me podían dar trabajo
había la opinión
de que era mejor que no me
metiera en ciertas cosas;
había conmigo como
la idea de un regodeo en la
violencia, un regodeo en la
maldad de los pelaos. Porque
realmente yo sí tenía
un interés en eso.
Me interesaba seguir ese diálogo
con los pelaos que estaban
por fuera de la ley.
¿Esa
película se habría
parecido mucho a Rodrigo D.?
No. Si yo hubiera hecho esa
película, habría
avanzado mucho como cineasta.
Realmente fue una lástima
haberme dejado... como torcer.
Rodrigo D. era, digámoslo,
fragmentos de una persona
que ve desde afuera una historia
y que entonces hace un guión
que es fragmentario, de pedazos.
Pero esta era una historia
que me contaban a mí,
que yo la recogía desde
adentro, que por lo tanto
tenía muchísima
unión episódica.
Al fin se convirtió
como en una noveleta documental,
medio periodística,
pero como cine hubiera dado
la vuelta y hubiera sido muchísimo
más. Qué lástima
no haberla hecho.
¿Descartado
ese proyecto?
Sí.
¿Cómo
se iba a titular?
No sé. De pronto el
título hubiera cambiado.
Pero ese
tipo de historias quedaron
recogidas en películas
que se hicieron después.
¿O el cine todavía
no ha acabado de dar cuenta
de esas historias de los muchachos
de Medellín?
No ha acabado de dar cuenta.
Esa es una historia que yo
quisiera volver a recoger.
O algo parecido.
EL ESPEJO
QUE NO NOS MUESTRA COMO NOS
GUSTARÍA SER
Llegó a decirse, después
de Rodrigo D., que te habían
propuesto irte para Bogotá
o no hacer más cine.
¿Eso es leyenda, o
más o menos cierto?
(Risas) Sí, hubo aquí
una negatividad impresionante.
¿Por
qué? ¿Un miedo
de la ciudad y el país
a mirarse en el espejo?
Había una necesidad,
digámoslo, de cambiar
la ciudad, de convertir toda
esa maldad, toda esa rebeldía
-que la palabra 'delincuencia'
no recoge muy bien: no respeta
lo que había detrás
de eso, que era una rebeldía
muy profunda-...
Y 'maldad'
no creo que tampoco sea un
término que refleje
exactamente la situación.
La palabra 'maldad' es una
palabra que utilizan los mismos
muchachos, pero...
Es más
una circunstancia que nos
arrastró a todos.
Yo quería convertir
ese desorden social en lo
que era también, que
era la expresión de
subjetividad de unas personas.
No era solamente un desorden
que se pudiera llamar antisocial.
Era otra cosa. En cierto sentido
-yo entiendo- la gente quería
convertir esas cosas en algo
bueno, promover otra cosa
buena. Pero eso no era una
cosa que se pudiera borrar
de un día para otro.
¿Por
qué después
de El pelaíto que no
duró nada no vinieron
otros textos en prosa?
Es por el cine. Porque el
cine es también como
prosa. Yo muchas veces, cuando
hago una película,
pienso en los novelistas.
Me siento de esa patota. Cuando
hago una película me
siento en conversación
con los novelistas de Medellín;
me siento muy parecido. Nunca
pensé en escribir esas
cosas, porque para mí
la forma de escribirlas es
a través del cine.
Que es
una forma de expresión
muy afín a la literatura.
Por creación de personajes,
los lugares, la estructura,
las atmósferas. ¿Sí
o no? El hecho de que está
uno enfrentado a la ciudad
a través de ese cuento.
Ahora que vamos a presentar
Sumas y restas, pienso que
es una propuesta desde el
punto de vista del novelista.
Estamos
conversando en junio del 2003.
¿Cuándo llega
Sumas y restas a la cartelera?
En septiembre, octubre. Se
ha retrasado por problemas
de producción, de plata.
Nos gastamos toda nuestra
pólvora hasta terminarla,
editarla; hemos necesitado
ayuda de otras personas y
se está haciendo la
postproducción. La
velocidad depende de la plata.
Rodrigo
D. No futuro en el 90 y La
vendedora de rosas en el 98,
pasaron por la sección
oficial de Cannes, lo que
no ha sucedido con la obra
de ningún otro director
colombiano. Sumas y restas
no va a tener ese antecedente
cuando llegue a cartelera.
No terminamos a tiempo para
Cannes, pero vamos a tratar
de llegar a Venecia o a San
Sebastián. Cuando uno
termina, mete la película
en el festival que esté
más cerca. Yo tengo
mucha expectativa con esta
película.
¿Como
realizador estás contento,
íntimamente contento?
Sí. Eso no quiere decir
que tenga éxito la
película, pero estoy
muy contento. Es un paso adelante.
Fue una apuesta que hicimos
con estos elementos de actores
naturales, esa puesta en escena
tan realista. Con esa intención
que he tenido, sin darme cuenta,
de fabricar realidad. Es como
fabricar realidad, una dramaturgia
idéntica, parecida,
a la dramaturgia de la realidad.
Y a partir de ese estilo de
fabricar realidad, contar
una historia a ver qué
pasa con esa mezcla. Funcionó
realmente.
EL CUARTETO
DE MEDELLÍN
Rodrigo D. y La vendedora
de rosas transformaron la
vida de esos actores naturales,
que eran muchachos de las
barriadas y tenían
unas vidas muy duras. ¿Qué
les quedó a esos muchachos
del paso por el cine?
La realidad es, digámoslo,
mucho más pesada. No
se deja influir lo suficiente
para cambiar por estas cosas
que son de la cultura. No
cambió la vida de estos
muchachos, no cambió
la vida de Medellín,
no fue una alternativa. Las
películas son documentales
de un mundo que tiene una
lógica en sí
mismo, y esa lógica
no fue posible torcerla con
el éxito de las películas
ni con lo que pudo haber influido
en los muchachos, en los actores
y actrices.
¿Te
queda un poco de frustración,
de dolor?
Sí, porque fue una
fiesta para nosotros hacer
las películas, hacer
un trabajo que tuvo resultados
interesantes. Pero las circunstancias
del día a día
pesan más que la liviandad
del éxito de una película.
¿Y
a vos como la persona que
llegó a esas vidas
y en buena medida las cambió,
qué te queda de ellos?
De ellos me queda todo. Tuve
una vida llena de la vida
de estos muchachos, de compartir,
de ser afín a sus destinos,
sus problemas diarios, sus
pequeños problemas
que eran preciosamente interesantes.
Casi no he tenido otra vida.
No he tenido la vida del profesional
que hace una película
y se mantiene jugando tenis
y squash. Mi vida durante
estos años ha sido
la de estos muchachos. Y no
me he arrepentido de que haya
sido así.
Con Sumas
y restas se cierra lo que
terminó convirtiéndose
-no sé si intencionalmente-
en una trilogía de
Medellín visto por
Víctor Gaviria. Sin
embargo, esta película
no se parece demasiado a las
anteriores. ¿Qué
es?
Es un retrato del narcotráfico.
Por lo tanto tiene la afinidad
de hablar de personas que
están muy al borde
de lo ilegal. Es la vida,
todavía, desde la ilegalidad.
En Rodrigo D. y en La vendedora
era la exclusión. Aquí
también, pero vivida
a través del negocio
ilegal del narcotráfico.
Ahora ya son adultos, gente
que ha tratado de hacer empresa,
pero creo que sí complementa
una imagen de ilegalidad de
la ciudad.
Al parecer,
de una de esas historias que
convergieron en Sumas y restas
sale el guión de la
próxima película.
En ese sentido, sigo en lo
mismo. Esta cuarta película
que vamos a hacer -ojalá
las circunstancias se den;
es una película difícil-,
que se llama Verdugo de verdugos,
es un complemento de estas
tres. Ahí sí
creo que terminaría
yo de hacer una especie de
radiografía de esa
ciudad ilegal con la que hemos
tenido que convivir. Esta
es una ciudad en la que se
han mezclado las dos cosas,
y por esa mezcla explosiva
hemos estado dando tumbos
durante las dos últimas
décadas. Quiero aprovechar
para contar la historia de
los barrios populares de Medellín;
quiero hacer historia de la
ciudad a través de
esa película.
¿Cuál
es la anécdota de Verdugo
de verdugos?
Cómo se conformó
la ciudad en esos barrios,
en los que había un
gran sacrificio de los padres
de familia por construir su
casa, su barrio, su ciudad,
pero al mismo tiempo eran
tierra de nadie, lugares totalmente
de invasión. Allí
la ciudad no se hacía
presente a través de
la policía, la ley,
de nada. Era la ley del más
fuerte. Y en uno de esos barrios
surgió un tipo que
decidió ser un justiciero...
Yo quiero en la película
hacer un diálogo entre
ese justiciero y los ladrones.
¿En
qué va el proyecto?
Ya hay una escaleta, unos
bosquejos interesantes. Hay
un libro, una cantidad de
anécdotas y episodios,
un incontable archivo de historias
veraces. Nace de unas fuentes
muy auténticas. Es
una película muy difícil.
Pretenciosamente imitando
a Scorsese, que dice que ha
sido un director de contrabando,
en el sentido de que ha querido
a través de los géneros
comerciales contar historias
personales.
Tu Medellín
es entrañable, pero
en todo caso no glamoroso.
¿Cuándo le vas
a dar gusto a la gente que
pide que el cine le haga propaganda
a la ciudad?
Tener una imagen de la ciudad
entera es complicado. El cine
le permite a uno escapar de
la obligatoriedad de ser personal.
A veces se vuelve más
documental. Es posible que
a partir de una película
uno investigue ciertos aspectos,
historias, épocas de
la ciudad, sin tener que estar
uno implicado. Está
uno implicado, como fabricador
de la película, como
realizador, como guionista,
como director. Pero no quiere
decir que la película
sea el punto de vista de uno,
de su vida. Eso también
tiene de bueno el cine, que
permite que uno se distancie.
Así, para tocar el
lado glamoroso de la ciudad
habría que tomar el
punto de vista de alguien,
de un grupo, de un momento...
y es un trabajo que está
por hacer.
NO ÉRAMOS
NADIE, Y EL VIENTO NOS BARRÍA
Volviendo a la poesía,
recuerdo que en ese volumen
premiado y publicado por la
Universidad de Antioquia en
1979, La luna y la ducha fría
(de este título sale
el nombre de tu actual productora),
había un poema extenso
en el que se evidenciaba la
expectativa por la realización
de cine.
Los de este volumen eran poemas
como en el borde, de alguien
que ya se va a volver adulto
pero al mismo tiempo está
suspendido en esa edad permisiva
y llena de sensibilidad que
es la adolescencia.
Aquí
están los versos a
que me refiero.
Muchos de mis amigos han viajado
ya
preferentemente a París
y hacen de incipientes directores
de cine
y sé que hacen bien
pero en cambio permanezco
y me demoro más en
los días necesarios
para aprender
una mínima cosa
que ellos aprenden en segundos
en el metro
en virtud a la lejanía.
Cuando
escribiste este poema, una
especie de autobiografía
versificada, tenías
alrededor de veintidós
años. Pasado todo este
tiempo, ¿qué
balance hacés?
Mis amigos se fueron a estudiar
cine a otra parte y yo me
quedé haciendo cine
aquí, y eso ha tenido
ventajas para mí. Me
he sentido siempre muy cercano
a la ciudad, el cine ha sido
más bien una especie
de medio y no un fin en sí
mismo. Yo no soy un cineasta
puro en el sentido del que
ama el cine en sí mismo.
Me gustaría ser así.
Tengo muchos amigos que son
ciudadanos del mundo, les
interesan todas las películas
del mundo, todos los directores.
¿Y
a vos cuál cine te
interesa?
Yo veo todo lo bueno que se
presenta, pero de todas maneras
me interesa mucho el cine
colombiano. Por ejemplo, ayer
vi en televisión Pura
sangre2, que es una película
en la que están todos,
cantados, los errores del
cine colombiano, uno tras
otro como en un bingo: el
problema de los diálogos,
el problema de la verosimilitud,
el problema del contexto,
el problema de la actuación.
Pero en
eso se ha avanzado bastante
en los últimos años.
Sí. Pero se ha avanzado
en la medida en que hemos
sido conscientes de eso. No
hemos hecho un cine de cualquier
parte del mundo. Hemos pensado:
hablemos esta realidad, cómo
la traducimos. También
ha sido el ir apropiándonos
del lenguaje del cine, y ha
sido una apropiación
colectiva. Lo que te digo
es que para superar esos problemas
hemos tenido que pensar no
sólo en el cine universal
sino en un cine con respecto
a la realidad nuestra.
Y se puede
hablar ya de un cine colombiano.
Sí. Por lo menos podemos
decir que nos hemos apropiado
ya de ese instrumento que
es el cine y a través
de él nos hemos acercado
a la realidad.
Vos te
inventaste con unos amigos,
y en torno a tu nombre se
hace en el mes de diciembre,
un festival de cine en la
ciudad de Santa Fe de Antioquia.
¿Cuál es tu
deseo con ese festival?
Haciendo las películas
se moviliza mucho esfuerzo
intelectual -en el buen sentido
de la palabra-. La experiencia
del cine que hemos vivido
aquí en Medellín,
a pesar de que tengamos fama
de ser muy locos, ha sido
muy interesante, porque viene
gente y hay un cruce de reflexiones.
Yo quería explicitar
ese cruce de disciplinas intelectuales,
culturales. Hacer una película
no es sólo el rodaje:
si ves una película
de Felipe Aljure, o de Patricia
Restrepo, ves toda esa gente
que está detrás
estudiando. Queríamos
que ese esfuerzo intelectual
se viera; por eso nos reunimos
en Santa Fe de Antioquia,
a disfrutar y a gozar de ese
hecho cultural que es cada
película.
Y volviendo
pues al punto de partida,
a la excusa para este encuentro
que era la poesía:
Jaime Jaramillo Escobar, el
célebre poeta X504
del movimiento nadaísta,
anotaba alguna vez que desde
hace diez mil años
se cultivan la marihuana y
la poesía y se preguntaba
si algún día
desaparecerá la poesía.
¿Qué pensás
vos?
(Risas) La poesía es
invencible.
NOTAS
1La Virgen de los sicarios.
Barbet Schroeder, 1998.
2Pura sangre. Luis Ospina,
1982.
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