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Santa Fe del cine

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Alberto Quiroga - Diario El Pais, febrero 24 de 2002

La iglesia arde en la pantalla y las lenguas de fuego parecen iluminar un cielo oscuro en el que relucen unas cuantas estrellas, mientras una lluvia menudita que no alcanza para apagar un fósforo cae sobre los espectadores sentados en unas cuantas hileras de sillas plásticas, blancas, y sobre la acera y en los muritos del parque; y tras la pantalla, en la que sigue ardiendo la iglesia de la película, otra iglesita, ésta si de ladrillo y antigua y real y pequeña, y sin asomo de llama alguna, hace de telón de fondo de la extraña ceremonia en la que el cine oficia de anfitrión bajo el cielo antioqueño.

Estamos en Santa Fe de Antioquia y es el 8 de diciembre del año 2001, tercer día del segundo Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia. Los espectadores miran la pantalla y las medias botellitas de ron y de aguardiante, y las botellas de cerveza caliente pasan de mano en mano en un vaivén que va desde la primera hasta la última silla. Aquí se puede fumar y beber mientras la película rueda en la pantalla, pues estamos al aire libre, absortos y embriagados de imágenes, y a salvo del calor que a las doce del día pone a arder las piedras de las calles y pesa como un bulto caliente sobre la cabeza y la espalda.

El hombre que está delante de mí ha cuadrado a sus cinco hijos y a su mujer en la fila de sillas, ya tarde cuando la película ha empezado, y después de que los niños pelean y alborotan por un paquete de papas fritas y un puñado de dulces, logra callarlos y hacer que miren la pantalla. Es un campesino antioqueño vestido humilde pero pulcramente como todos los congéneres de su tierra. Jamás sabré si es un desplazado de Dabeiba o de Urabá o uno de los doce mil habitantes originales de Santa Fe de Antioquia, pero algo nos hermana y nos une en el silencio: el cine.

Trato de imaginar qué piensa este hombre, o qué siente, sentado allí, con su mujer y sus hijos, viendo esta extraña película sobre un conquistador español del siglo XVI, al aire libre, sin inmutarse por el delicado polvo de agua que nos moja y cobija a todos en el parquecito. Debe ser una extraña experiencia para él. A lo mejor, el año pasado, también estuvo viendo cine con su familia, en este u otro parque, durante el primer Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia. Y ahora espera que la magia vuelva a repetirse.

Santa Fe de Antioquia es un pueblo cuya arquitectura está detenida en el tiempo desde fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, y a veces es posible sentir cómo era la vida en esa época, pero el embrujo cede fácilmente ante la avalancha de música que se desparrama inmisericorde sobre la plaza principal día y noche. En Santa Fe no existe la polución química que ahoga a las grandes ciudades, pero la asfixia el ruido de innumerables equipos de sonido que atronan desde los bares, heladerías y cafecitos de la plaza, que compiten entre sí y con los equipos de sonido de los carros de algunos turistas paisas que se sientan a beber y quieren oír su propia música trance o escuchar un vallenato, y demostrar que tienen un equipo más potente que el del vecino. Ni siquiera durante la proyección de Jericó, la película que inauguró el Festival en la plaza principal, a las ocho de la noche del jueves 6 de diciembre, los equipos de sonido dejaron de tronar.

El alcalde del pueblo, las directivas del Festival que preside Víctor Gaviria, y algunos cientos de personas, entre campesinos, comerciantes, invitados especiales al Festival y amantes del cine que vinieron desde Medellín, en su mayoría muy jóvenes, y algunos desde Cali, vemos la película, pero también alcanzamos a oír la bulla. No importa. Hay algo maravilloso y fascinante que todos sentimos y que de alguna manera nos devuelve en el tiempo a las épocas en que las películas se exhibían a campo abierto: hay un aire de embrujo y libertad. Lo de la música en la plaza es fácil de entender: las gentes de Santa Fe viven exclusivamente del turismo. Aquí no hay ninguna otra actividad económica. Ya no existen los sembrados de café ni de cacao, no hay cultivos de frutas, los antiguos mineros, ya inexistentes, no vienen a comprar herramientas ni abarrotes. Sólo el turismo deja unos cuantos pesos a los vendedores de frutas, a un puñado de artesanos, a las señoras de los puestos de jugo y de empanadas, al museo, a los tenderos y dueños de cafeterías, heladerías, hostales, hoteles y hotelitos que sobreviven de trabajar los fines de semana. Y muchos de ellos creen que el poder seductor de la música es el que atrae a los turistas hacia su negocio: de allí la bulla. Para ellos, como para todos los habitantes del pueblo, el Festival es un evento extraño y maravilloso y una oportunidad de vender algo.

Es curioso, pero aquí, en un pueblo alejado del mundo, a medio camino entre Medellín y el Urabá antioqueño, el cine y la televisión son algo familiar: ellos han visto cómo se hace una película y saben lo tediosa que es una grabación para televisión. Todos se acuerdan de la época en que se grabó La casa de las dos palmas y de los días en que se instaló en el pueblo el equipo de filmación de La deuda, y es por eso que Humberto Dorado y Carolina Trujillo, dos de los actores invitados al Festival, son vistos como algo propio, perteneciente al lugar, familiares, cuando caminan por la calle. La lista de películas, de telenovelas y documentales que se han filmado y grabado en Santa Fe parece interminable. Tantas o más de las que se han producido en Barichara, un pueblo de Santander que por su arquitectura colonial atrae a los realizadores.

Es un pueblo fotogénico, con gracia, y por eso el Festival se realiza aquí, gracias a la voluntad de agradecimiento de Víctor Gaviria y de la gente que hace cine en Antioquia: ellos quisieron que los habitantes de Santa Fe, que tantas veces han sido filmados y grabados como extras, y cuyas casas y calles han actuado como escenarios, se vieran a sí mismos y a su pueblo como actores principales y se reconocieran en la pantalla. Nadie había venido a mostrarles el trabajo que se había realizado en Santa Fe y el Festival les devolvió con creces tantos favores antaño dados a los muchos equipos de filmación y grabación que vivieron por estos lares, a veces durante meses.
Por eso, para el primer Festival, celebrado en diciembre del 2000, se programaron y proyectaron películas, series de televisión y documentales realizados exclusivamente en Santa Fe de Antioquia. Fue una experiencia insólita y redundante estar en un pueblo y ver al mismo pueblo y a sus gentes en las pantallas. El segundo Festival fue bautizado "Cita de dos mundos" y tuvo como tema la Conquista y la Colonia en América, y se proyectaron largometrajes realizados en Hispanoamérica en los últimos 30 años.

Y la gente, por supuesto, agradece, y mucho, que haya un Festival. Basta saber que en Santa Fe, que tanto ha sido filmada y fotografiada, no existe un teatro para ver cine. La gente no tiene literalmente nada qué hacer, pues no hay trabajo fuera de cocinar, barrer, quitar el polvo y tratar de agarrar turistas los fines de semana.

A un pueblo así, un Festival de Cine llega como una bendición. Hay cine para ver, todas las noches -la luz del día no deja ver las películas al aire libre- en simultánea, en dos de los parquecitos de la ciudad; hay cine en el salón del hotel; hay películas proyectadas en video para los ancianos, en el ancianato; hay conferencias, y es divertido ver pasar a los cineastas de dos en dos, de tres en tres, en grandes combos, y a las siempre corriendo organizadoras del Festival, y a las lindas muchachas de Medellín, Cali y Bogotá, y al actor de cine con el que ellas sueñan y ahora pueden fotografiar. Todos ellos van y vienen interminablemente del hotel a la plaza, de la plaza al hotel, del parquecito al parquecito, yendo de una película a otra, de una conferencia a otra, en pantalones cortos, en falditas de colores, en bluyines descaderados, en atuendos descomplicados que ni se ven en las revistas y más parecen propios para una finca o una filmación que para un festival de cine. Es un espectáculo variopinto y divertido para un pueblo sin programa. Y todos, cineastas, curiosos y habitantes del pueblo, vamos juntos a ver las películas que, supongo, darán mucha tela que cortar durante el año.

Los niños que están frente a mí viendo Aguirre, la ira de Dios, ¿qué le preguntarán a su padre sobre este demente y sus amigos cuando termine la película? Y el trío de señoras que frisan los sesenta y que modosas y muy bien acomodadas miran estufepafactas Yo, la peor de todas, una historia sobre Sor Juana Inés de la Cruz, ¿qué dirán por las tardes, tomando el algo, dentro de un par de meses, sobre la liberación de la mujer? Y los adolescentes que ríen y beben mientras miran Cabeza de Vaca, ¿qué pensarán sobre esos extraños alucinógenos que ven meter en la pantalla, ellos que viven en un pueblo en el que sólo conocen la marihuana? Ni idea. Pero estoy seguro de que el desfile de imágenes y de historias tendrá un efecto impredecible en la imaginación de todos ellos. Para eso son los Festivales y las fiestas: para estimular el espíritu.

Es indudablemente un Festival perturbador, aunque también podría ser el más pequeño del mundo: un puñado de invitados nacionales, no más de treinta, cinco invitados extranjeros, y muchos de ellos no han podido venir por sus obligaciones de trabajo y la distancia (Santa Fe queda a dos horas y media de Medellín, y Medellín está a una hora del aeropuerto José María Córdova en Rionegro); y además, muchas personas distintas a los turistas habituales, cineastas y aficionados, no se atreven a viajar al pueblo por miedo a la carretera, que es estrecha y peligrosa, y a un secuestro. Y también, el Festival más anacrónico: no se estrenan películas en Santa Fe, muchas de ellas vieron su primera luz hace más de diez años, no hay divas (pero sí estrellas en el cielo), no hay etiqueta, los invitados deben compartir hasta la habitación, pero nada de eso importa.

Lo pequeño y lo anacrónico no quitan lo valioso y lo valiente. El Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia es un milagro único en su género; es un acto de fe en el cine y en los cineastas colombianos; es una fiesta para la gente de Santa Fe; es un oasis en el que podemos bebernos tres y cuatro películas diarias y conversar sobre ellas hasta el amanecer; es un encuentro de amigos que se empeñan en hacer lo imposible, y nada de lo que pase, ya sea la iglesita que se quema en la pantalla, o el país que arde bajo el plomo cruzado, ni la lluvia que todavía cae sobre nosotros los espectadores va a evitar que siga reinando la magia del cine. Al Festival de Cine de Santa Fe de Antioquia hay que pedirle un último milagro: que se repita.

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