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Archivo de Prensa

 

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Miguel Littín: “Cuando yo filmo soy muy feliz”.

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De esa misma época es El año de la peste [1978], que escribió García Márquez para que lo rodara Felipe Cazals. Y en estos días me encontré una declaración de Cazals que se me hizo, no sé si equivocadamente, una excusa al porqué la película no cuajó del todo. Algo así como que García Márquez no dejaba de ser un escritor de literatura, a pesar de que todas las imágenes, sobre todo de los libros de su primera época, aparentemente son tan cinematográficas, y que entonces eso hacía muy difícil convertir los guiones de García Márquez en imágenes cinematográficas y en películas que se defendieran sólo como cine. ¿Qué piensa de eso?
Que yo tengo una gran amistad con Felipe Cazals, somos muy amigos. Yo soy muy amigo de Felipe y no soy crítico de cine.

Jaime Humberto Hermosillo decía hace poco: “El realismo mágico es muy difícil de verter al cine”. Y lo que dicen algunos académicos es, bueno, la parte de García Márquez que es más o menos realismo a secas, da unas películas de una factura más sólida, tipo, creo, La viuda de Montiel, y en cambio donde hay más realismo mágico es más difícil convertir eso a imágenes en cine, y un ejemplo que mencionan con cierta reiteración es el de la Eréndida [1983] de Ruy Guerra.
Mire, pasando al problema de la literatura y del cine, que es lo que usted me está preguntando, la historia del cine y la literatura es tan vieja como el hombre. Cuando el hombre cerró por primera vez los ojos y evocó lo que había ocurrido el día anterior, ya empezó a hacer su primera película. Luego pasaron cientos y cientos de años para que se descubriera cómo transmitir esos sueños y esas evocaciones a través de aparatos distintos, de la luz, de los hermanos Lumière y de otros descubridores. Pero el cine existe con el hombre mismo como existe la memoria, y como existe la literatura. Los primeros filmes están grabados en las Cuevas de Altamira, es lo que el hombre vio, los búfalos que vio correr, el movimiento, y la necesidad que él sintió de trascender al momento vivido. Esa trascendencia del momento vivido que hace que el arte sea tan importante para el hombre porque mantiene la memoria y la extiende. Porque no solamente expresa en forma evidente, sino que, además, trasmite una filosofía de la vida. Cuando yo pongo la cámara, y muevo la cámara, y busco mi objeto, y no busco transformar al sujeto en objeto sino al contrario, mi instrumento es la cámara, estoy buscando no solamente trasmitir el momento sino trascender el momento.
Sería insensato trasmitir en imagen lo que está dicho en palabraporque son lenguajes distintos. Cuando alguien inicia los Cien años de soledad y dice: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, no se puede hacer en cine sencillamente porque son tiempos que no se pueden conjugar. Si usted lo pone en el cine va a poner un pelotón de fusilamiento, unos fusileros y un plano medio o un primer plano de un coronel, que lo van a fusilar y que recuerda. Y eso no es buen cine; sin embargo, la frase literaria es maravillosa. Y, dígame usted, que alguien me explique cómo pueden conjugar en cine el “había de recordar”. ¿Dónde está el presente? ¿Dónde está el punto de partida de esos recuerdos? ¿En qué momento del libro el Coronel tiene ese momento de reflexión? Dígame ¿en qué página del libro?

El fusilamiento mismo tampoco se produce si quiera.
Y entonces, en El cantar de los cantares, ¿cómo traducir la belleza de esa poesía, del amor de David por la doncella o por las doncellas?O cuando Kazantzakis dice en La última tentación de Cristo: “Todas las mujeres son las mismas, son una sola”, bueno, Scorsese intentó hacerlo. Jesús baja de la cruz, y no sólo está con María Magdalena sino que también yace con las hermanas de María Magdalena, porque todas la mujeres son la misma, todas es una sola. Cuando Neruda dice en el Canto general, en Alturas de Machu Picchu, “hundí la mano turbulenta y tierna / en lo más genital de lo terrestre”, si usted lo pone en imágenes, así, literalmente, son imágenes que no dicen absolutamente nada, más que alguien que mete la mano en un hoyo en la tierra, y él está diciendo “lo más genital”, “turbulenta y tierna” “en lo más genital”. Es decir, las palabras tienen un valor y las imágenes tienen otro valor. Son lenguajes distintos y debemos gozar de todos e independizar. Yo comprendo que los colombianos vivan subyugados por García Márquez, es su gran escritor, es el gran mago de las palabras, pero deben dejar que se libere. Deben gozar de la literatura y gozar también las películas: son separadas, son mundos distintos. Yo leo a Cervantes y puedo ver la película del Quijote y me pueden gustar las dos cosas. O sea: ¿por qué le vamos a negar la posibilidad a Cien años de soledad de plasmarse en imagen?

NO COMO UN CONEJO
Otro momento feliz de su relación de amistad con García Márquez es el reportaje La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile. ¿Qué recuerda de esa época y cómo la ve tantos años después?
La verdad es que yo estaba en el sur de Chile en ese momento, y andaba… clandestino. Incluso había escrito una carta al presidente de la Corte Suprema, diciéndole que, como yo era cineasta, ponía a disposición de él mis películas para que me juzgaran por mis películas y dijeran qué delito había cometido que yo no podía estar en Chile. Estaba siendo muy buscado por la dictadura. Porque la dictadura a lo mejor permite que la burlen otros dictadores u otros militares, pero no un cineasta, porque se supone que no sabemos cómo burlar los sistemas de seguridad, y yo había entrado y había salido varias veces. Entonces estaba en un momento muy especial, y uno de los nombres que yo tenía era Gabriel, era un nombre supuesto. Entonces, me avisan que tenía una llamada telefónica, una llamada telefónica a determinada hora, en un lugar, y estoy ahí y alguien me dice: “soy Gabriel”, cómo, Gabriel soy yo, dije del otro lado. “No chingues, Littín”, me dijo, “estas cosas se cuentan, soy Gabo”. “Está bien”, dije yo, “cómo querés que te lo cuente si estoy clandestino. Cuando salga nos veremos, ¿de acuerdo?”. “De acuerdo”. Terminó el asunto y él llegó a mi casa de Madrid.

¿Eso fue como en el 85?
Sí, en el 85. Y nos vimos y nos reímos mucho porque ya éramos cómplices de la situación. Y entonces, “bueno ya, cuéntame”, y yo le empecé a contar y le conté varios días, no me acuerdo cuánto. Y me preguntaba más cosas y más cosas y más. Yo no sabía lo que estaba haciendo Gabo. Pensé: seguramente va a escribir un artículo. Él me dijo: “cuéntame solamente lo que puedas decir, no me cuentes nada de lo que no puedas decir”. Entonces, como resultado de eso, un día me encontré con un manuscrito en las manos, que me llevaron y me dijeron “esto lo manda Gabo”. Yo tomé el manuscrito en las manos y lo registré: La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile. Lo empiezo a leer y está en primera persona. Y le digo yo a Eli, mi mujer, “no, yo no quiero leer más, léelo tú porque yo no”. Y me dice: “pero ¿por qué no?”. Pero yo pensé que ella sabía. Gabo es muy cómplice con las mujeres de los… es muy amigo de mi mujer, la quiere mucho. Y yo le digo pero mira, está escrito en primera persona. ¿Cómo el Gabo escribe en primera persona? Dice: “Yo, Miguel Littín, hijo de Hernán y de Cristina…”. ¿Cómo lo hace? Parece que estuviera hablando yo y no soy yo, es él. Pues claro, uno descubre, como él mismo lo explica en el prólogo, que ese es su estilo. El estilo de un escritor es el escritor, él no pude dejar su estilo. Sin embargo, no dejo de ser yo el que habla. Y claro, lo leí y quedé absolutamente sorprendido, cuando fui y tuve la valentía de leerlo.
La verdad es que me costó menos estar clandestino en Chile que leer el libro. Le cuento por qué: si Dostoievski escribe sobre uno, o Hemingway escribe sobre uno, o Proust escribe sobre uno, ¿cómo lo corrige uno? ¿Qué le dice uno? Pero uno es uno, ¿no? Y, por lo tanto, había un par de frases y de cosas que a mí no me gustaron y entonces el Gabo me dijo “ya, táchalo. Bórralo”. ¿Y cómo lo borro? Estoy borrando al premio Nobel, y al Gabo querido, y al gran amigo, y al gran escritor que nos ha hecho tan felices y que cada vez que escribe nos hace felices a millones de seres humanos en la Tierra, ¿y yo lo corrijo? No, no es fácil, no es fácil. Y corregí algunas cosas y él miró y me dijo “bueno, pero ¿por qué me borraste esto?” ¡Me borraste! [risas]. “No, yo no lo borré”. “¿Cómo no? Está ahí tachado: ‘corría asustado como un conejo’”. Y le dije: “Esa frase no, Gabo, porque yo no corrí nunca asustado como un conejo”. Y me dijo “bueno, pero todo el mundo tiene miedo alguna vez”. “Es posible”, le dije. “Pero yo no corrí nunca asustado como un conejo”.

¿Y usted tuvo miedo en  el momento en el que hacía ese trabajo?
Es posible, pero no como conejo. Pero ya es una conversación de amigos, te das cuenta. No es una conversación literaria tampoco, es una conversación de amigos. Y luego decía, “entonces dejé de usar mis casacas, mis chaquetas…”, llenas de no sé qué cosas, unas chaquetas como de, me imagino, de dorado, unas chaquetas de cuero. Y digo “yo no he usado nunca esas chaquetas”. “Bueno, pero yo sí”, me dice. “Bueno, ponlo tú, pero yo no, no me pongas a mí…”. Bueno, ese tipo de cosas. Luego el libro cuando salió estábamos muy felices y yo vine a presentarlo, ni más ni menos, y esta es la audacia: él me dijo “anda tú porque yo no quiero ir”. Fui a Bogotá y presenté el libro. Llevaba todo un discurso escrito y, cuando me di cuenta, estaba frente al auditorio que estaba compuesto por mucha gente célebre de Colombia: ministros, ministras, gente ligada con el poder y una gran multitud, inmensa multitud.

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