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La ciudad y los ojos

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Por Beatriz Elena López Rojas

Ocurre con las ciudades lo mismo que con los sueños: todo lo imaginado puede ser soñado, pero hasta el sueño más inesperado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un temor. Las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y de temores, aunque el hilo de su discurrir sea secreto, sus normas absurdas, sus perspectivas engañosas, y cada cosa esconda otra (2).

 

Después de recorrer 79 kilómetros desde allí, por un paisaje de montañas y una intrincada red de caminos donde el verde duele a los ojos, el viajero descubre un hilo de plata serpenteante que se desliza por tierras secas, donde el sol se ha pegado a las piedras, a las calles, a las tapias de las casas y las iglesias. Así, con el calor adherido a la piel y al olfato, el viajero entra a la ciudad. De su fundación muchas cosas se dicen, pero la más difundida habla de un conquistador español enceguecido por la fiebre del oro y el afán desmedido por descubrir y someter nuevos territorios. Bajo su mano, y por orden de la corona que defendía, la tierra seca se sació de sangre y nuevos dioses llenaron los altares.

 

Tierra arrasada, tierra asolada, tierra quemada. La población nativa cedió ante una horda de guerreros, señores y amos, y los bohíos fueron sustituidos por grandes casas de altos techos y balcones, y hombres y mujeres venidos de más allá del mar llenaron las plazas.Hombres y Mujeres de brazos fuertes y mirada dura construyeron la ciudad. En su deseo habitaba la tierra lejana, la tierra que dejaron para buscar sus sueños: la riqueza, el poder o el amor. En la disposición de las calles, las plazas, los atrios, cada uno pensó en reconstruir la ciudad de sus nostalgias. Los Hombres ordenaron construir las casas con portones altos y amplios patios en el interior, a la medida de su ambición y de su orgullo; las mujeres ordenaron amplias habitaciones, aposentos y salones, a la medida de sus ilusiones, donde recrear sus glorias pasadas y donde sus temores se sintieran pequeñitos. Ambos ordenaron los balcones para mirar, en las tardes, el horizonte y buscar un mar inexistente y sentir en sus rostros el viento que devolvía rumores y presencias de una patria vieja, que poco a poco se volvía ajena.

 

Cuentan que el español, un capitán llamado Jorge Robledo “a veynte e uno de noviembre de myll e quinientos cuarenta e un años, en nombre de su magestad y del gobernador Belalcazar fundó una ciudad que la yntitulo Antioquia” (3) y esta ciudad se pobló de seres empeñados en arañar la tierra, en sacar de ella todo lo que de riqueza tuviera, el oro y la plata de sus entrañas. Para ello utilizaron a los indios, a quienes esclavizaron, y a los negros, que llegaron ya esclavos, traídos de lugares remotos y sin montañas. Muchas fortunas se hicieron, los hombres y mujeres de mirada dura eran poderosos y ordenaron construir templos con altares inmensos, para agradecer al dios traído por ellos las bendiciones sobre ellos derramadas. Así, metidos en las minas y en las montañas se olvidaron del mar y ya no recordaban sus antiguas ciudades y no se sintieron más extranjeros.

 

Los hombres y mujeres de mirada dura se mezclaron con los indios de mirada triste y con los negros de mirada profunda y todos ellos con un fueguito en los ojos recrearon la ciudad. Las altas casas y los balcones españoles, se mezclaron con las chozas de los negros, con techos de iraca, y con las de los indios hechas de cañabrava y barro, y la ciudad, a la que llamaron Santa Fe de Antioquia, contenía a su vez más ciudades hechas todas de sueños y de nostalgias, unidas por acequias y calles de piedra.Por eso, cuando el viajero entra en la ciudad, con el calor adherido a la piel y al olfato, siente el peso de los siglos y de la historia y siente también un montón de fueguitos. Son los fueguitos en los ojos de los habitantes de la ciudad, que conservan la dureza y la tristeza y la profundidad de españoles, indios y negros ancestrales. Todos mezclados, todos en uno.

 

Y cada año, la ciudad se celebra. La ciudad se vuelve ojos y las miradas se buscan entre sí para reconocerse, para fijarse en la memoria de los otros. Cada año las imágenes de aquí o de allá, de antes o de ahora se apoderan de los parques y plazas y calles de la ciudad pegándose a los ojos, avivando los fueguitos, buscando señales. Y es durante esa celebración que el viajero se siente como propio, porque se reconoce también en las imágenes, porque es su historia y su tierra y sus ancestros los que pasan.Finalmente, cuando el viajero decide irse de la ciudad, siente que algo suyo se queda y no sabe qué es, y siente que algo de la ciudad se va con él y tampoco entiende. Sólo cuando está en su casa en la intimidad de su habitación y se mira al espejo y ve un fueguito en sus ojos, sabe que ya no es él y que la ciudad lo ha marcado para siempre.

 

1. El título hace alusión a un cuento de Italo Calvino, del libro Las ciudades invisibles.
2. Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Ed. Siruela, 1995, pág. 58.
3. Tomado de Memorias del Segundo Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia, 2001, pág. 5

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