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Héctor
Rincón - Revista Cambio,
Diciembre 17 de 2001
Llegan noticias cada vez más
agrias de la Colombia profunda,
la que de a pocos se desocupa,
la de los secuestros masivos de
Jardín y de La Mojana, la de la
huida de los cogedores de café
de la Sierra Nevada, la del
crimen de la bachiller de Curití,
la de donde ya no se distinguen
los bandos porque cada vez se
parecen más en sus métodos para
alcanzar el objetivo que les es
común de ganar poder y plata.
Noticias rojas y negras, en fin,
que suceden a borbotones por
allá lejos, que no dan cabida al
registro mediático de las
noticias verdes y azules y
doradas que también pasan para
el alivio e ir regando así con
esperanzas este pozo seco de
motivos para seguir creyendo. La
semana pasada bajé montañas y
subí por cumbres y recorrí
curvas rodeadas de abismos por
todas partes, porque fui a
buscar sucesos de otros colores
que estaban pasando cerca al río
Cauca, a orillas del empedrado
Tonusco, debajo de un cielo
estrellado que era lo único que
había arriba de las cabezas de
un público absorto.
No había allí –en Santa Fe
de Antioquia– muchos-muchos
periodistas como lo merecía
la ocasión, pero es que no
estaban ocurriendo masacres
ni asaltos, sino que rodó
durante cuatro días un
festival de cine y de video.
Allí, sí, allí, en esa
ciudad de casas blancas de
tapia, con pasadizos y con
patios, con parques donde
hay ciruelos alrededor de
los cuales se ordenaron las
500 sillas plásticas que se
pudieron conseguir en el
mismo pueblo; allí donde no
hay teatros para el cine
sucedió el milagro: un
festival, esta vez el
segundo, para el que se
tendieron telones y
proyectores al aire libre
para que al aire libre se
vieran unas 30 películas
relacionadas con la
conquista y con la colonia.
Un milagro redondeado con
talleres y conferencias,
útiles para discutir sobre
episodios históricos en
foros amplios o para oír
cómo se ha trabajado en
adiestramiento visual en
comunidades indígenas.
Por obra y gracia de un
grupo de utopistas en cabeza
originalmente del director
Víctor Gaviria, este
festival echó a andar el año
pasado con nada más que
ganas, pero provisto de
conceptos firmes: extender
el hechizo del cine con todo
su poder curativo a esa
región a través de funciones
gratuitas que garanticen su
democracia, e impartir
instrucciones sobre el cine,
su modo de empleo y su
manera de hacerse.
Un festival de cine en una
ciudad inaudita, una manera
de pacificar, de integrar y
de dar motivos para creer.
Para ello acudieron a
talleres y a conferencias
docenas de jóvenes de allí y
de pueblos vecinos,
rescatados de sus desastres
o de sus paraísos, y del
entrenamiento salieron con
criterio, con ilusiones y
con ideas que volvieron
libreto y después imágenes
para llegar a videos como
ese de las hacedoras de
arepas de cayana que
produjeron tres muchachas de
Buriticá.
Nada de esto –festival,
cine, telones, parques,
arepas, Santa Fe de
Antioquia– nada de esto es
una candidez ni apenas un
romanticismo, como lo
parece. Es, por cultural y
masivo, un acontecimiento
político integrador regional
y participativo: durante
aquellos días y los que los
antecedieron, miles de
colombianos a quienes nada
más que necesidades y
dolencias les llegan, se
citaron con un arte y vi a
docenas de niños
embelesados, arrimándose a
lo que somos a través de ver
lo que fuimos cuando rodaba
Aguirre o la ira de Dios,
por ejemplo, o cuando se
veía el hostigamiento a las
chicherías a través de El
alma de maíz, también por
ejemplo.
Hechos como este festival
pacifican. Por lo dicho.
Porque no está diseñado como
un festival de élites
faranduleras que se citan a
exhibirse en las noches el
bronceado de los medios
días. Porque volvió gestores
de su desarrollo y de su
éxito como a ochenta jóvenes
de la ciudad sede donde,
además, se consolidó una
Corporación liderada por
gente de allí dispuesta
contra todo escepticismo a
mantener encendida esta
hoguera.
Y pacifica también porque
por esta vez, aunque sea por
esta vez, los pobladores de
Santa Fe de Antioquia se
sintieron parte de un hacer
creativo y no sólo, como
casi todas las veces,
ciudadanos expuestos al
desangre. Porque, por ese
lenguaje de conflicto que se
ha instalado en los medios,
un habitual registro
noticioso de este pueblo
grande, bellísimo y de ritmo
más costeño que antioqueño,
se dirá que es la puerta de
Urabá como banderazo para
dar paso a la catástrofe.
Esta vez no.
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