|
César
Alzate Vargas - Revista
Kinetoscopio Nº 61 (2002)
Como suele suceder con este
tipo de construcciones, el
reloj de la catedral de
Santa Fe de Antioquia está
detenido en dos momentos que
sólo durante un minuto al
día cada uno, y según la
cara desde donde se mire,
son la hora de Dios. Por el
lado de la fachada principal
son las nueve y dos minutos;
por la cara de la torre que
da a la calle diez, son las
diez y cuarto de una eterna
noche en que alguien amó a
alguien para siempre.
Esta calle, con un pavimento
nuevo que avanza entre fachadas
coloniales, va en leve pendiente
durante tres cuadras hasta el
parque de La Chinca, donde se
levanta una de las curiosidades
del pueblo: el monumento al
hombre que llaman "Poeta de la
Raza". Raza que no ha sido raza
jamás y poeta que no fue de los
buenos, aunque esa es otra
discusión. La gente que llega al
sitio lo corrobora: junto al
Poeta, una mujer indígena agarra
un falo. Don Octavio Pérez, uno
de los historiadores locales,
corrige: no es un falo, sino una
especie de aguja para hilar lo
que sostiene la indígena en su
mano. Vea pues.
La historia es la marca de Santa
Fe de Antioquia. Llegar allí es
como regresar a los tiempos
serenos en que los españoles nos
explotaban sin piedad ni
justicia y ningún paramilitar de
derecha o izquierda nos imponía
la barbarie para hacernos
enemigos de nosotros mismos.
Éste es sin duda un lugar de la
felicidad, el mejor para
intentar el albur de un festival
de cine en nuestra provincia del
imperio.
Para los desconocedores, Santa
Fe es una población, la más
bella del departamento de
Antioquia, ubicada a hora y
media de Medellín por la
carretera que llega al golfo de
Urabá (algún día quizá la
corrupción permita acabar el
túnel que acorta un poco la
distancia). Sus construcciones y
algunas de sus costumbres se
detuvieron falsamente en la
época anterior a la República y
al parecer, según dijo otro de
los historiadores locales
durante una de las múltiples
conferencias del Festival, sus
habitantes tienen apellidos
peninsulares porque son en su
mayoría descendientes de
esclavos que tomaron los
apellidos de sus amos. Descender
de esclavos es en todo caso
menos deshonroso que descender
de hijos despreciados de
españoles, pero esta es otra
discusión. En el poblado se vive
con una paz que en esta época
parece imposible en cualquier
lugar de Colombia, aunque si uno
presta atención aturde sus oídos
el rugido del conflicto que ya
se campea por esas calles: hay
algo como milicias y eco de
autodefensas por ahí. Es preciso
rogar que no suceda nada, pues
en caso de una de esas inmundas
incursiones de la guerrilla no
sólo se perderían vidas de
policías y civiles sino un
precioso patrimonio
arquitectónico.
Hasta en el Ministerio de
Cultura saben que Santa Fe de
Antioquia es una de las ciudades
colombianas donde más películas
de cine y televisión se han
rodado. La más reciente de ellas
es Sumas y restas, de Víctor
Gaviria, que justo se estaba
terminando de grabar durante la
primera semana de diciembre. Y
la historia resumida cuenta que
en el año 2000 a Gaviria y su
grupo de amigos se les ocurrió
la idea de reunir y proyectar en
las calles de la población todas
estas películas. Al evento se le
llamó "Primer Festival de Cine y
Video de Santa Fe de Antioquia",
y como no hay uno sin dos
existió desde el principio el
compromiso implícito de hacer el
segundo y hecho el segundo en
diciembre último ya lo que hay
es un entusiasmo tremendo y
hasta una entidad que patrocina
y el evento tiende a
institucionalizarse. Cosa muy
buena, señores.
Agotado el asunto de la
filmografía rodada en estos
paisajes, el tema lógico para el
segundo año era el que los
organizadores escogieron: la
Conquista y la Colonia. Bueno,
porque además ante la
imposibilidad física -y la no
necesidad- de llevar a cabo un
festival de producciones
recientes, el de Santa Fe de
Antioquia se convirtió por
derecha en un festival temático.
Así se va perfilando un certamen
que, si continúa como hasta
ahora, con una organización en
la que unos ponen los sueños,
otros el sentido común y todos
el trabajo, puede llegar a ser
muy importante. Ya lo es de
hecho, en la medida en que por
una lado lleva cine a una región
donde no lo hay y por otro lado
se aprovecha para capacitar a
los pobladores en técnicas para
trabajar sus propias imágenes:
uno de los momentos más gratos
de la segunda edición fue
precisamente la proyección de
algunos documentales producidos
por gente de la zona. Esto,
señores, no se ve en la mayoría
de los festivales, que suelen
pasar inadvertidos para los
ciudadanos de a pie.
Lo que entre el 6 y el 10 de
diciembre del año 2001 demostró
Santa Fe de Antioquia es que no
sólo sus parajes se prestan con
virtud para ejercer de
locaciones, sino que a falta de
teatros, buenos son los parques.
Estos espacios abundan allí y en
cada uno de ellos se yergue una
iglesia y son pequeños y
cerrados por las tapias de las
construcciones coloniales, y es
factible enamorarse mucho y ver
cine en tales espacios. Al aire
libre, sí.
La segunda edición del Festival
se dedicó pues a un tema
bastante afín a la vocación
urbana e histórica de la llamada
"Ciudad Madre de Antioquia"
(como fuera que allí tuvo su
sede hasta 1813 la primera
administración del
departamento). En este sentido,
la muestra estuvo integrada por
una veintena de producciones
cinematográficas y televisivas
que iban, en cine, desde la
tremenda Aguirre, la ira de Dios
(1972), de Werner Herzog, hasta
la hermosa Yo, la peor de todas
(1990), de María Luisa Bemberg y
su malograda imitación mexicana
Ave María (1999), de Eduardo
Rossof, y en televisión series
como Los pecados de Inés de
Hinojosa, del director
colombiano Jorge Alí Triana, con
la cual se cometió el pecado de
no presentársela completa al
público. Además se incluyó una
muy buena muestra de
documentales que tuvo sus puntos
más altos en las obras de la
colombiana Marta Rodríguez y el
boliviano Iván Sanjinez. El
complemento perfecto fue una
programación académica de la que
los analistas coinciden en decir
que es el aspecto más valioso
del evento.
Santa Fe de Antioquia no es por
ahora un festival que atraiga
muchas figuras internacionales.
Sólo dos extranjeros se
comprometieron a venir y uno de
ellos, el venezolano Diego
Rísquez (de quien se presentaban
dos películas) llegó al colmo de
dejar esperando a los
organizadores en el aeropuerto.
Nunca llegó ni tuvo la
delicadeza de avisar. El otro es
Sanjinez, quien vino y compartió
su valiosa experiencia de
realización de video indígena a
través del Cefrec de Bolivia.
Por los lados de los personajes
nacionales, en cambio, el
acompañamiento fue casi masivo.
Numerosos actores y realizadores
se pasearon por Santa Fe, dieron
charlas y talleres, presentaron
sus producciones, dialogaron con
el público. Personajes a los que
es necesario escuchar, como
Fernando Laverde y Marta
Rodríguez; a los que se ve a
diario, como Humberto Dorado y
Róbinson Díaz, o a los que se
contempla calladamente en la
plenitud de su misteriosa
belleza como la directora
Patricia Restrepo. Entre otros.
Santa Fe de Antioquia es el
Festival más pequeño y
encantador de América Latina.
Son cuatro días y cinco noches
en los que al pueblo se le
presenta un cine muy bien
escogido y sin pagar boleta, se
le invita a actividades
académicas y se le da cuenta de
que el cine no es sólo un
accidente que ocurre cuando a
alguien le asalta la idea de
filmar en sus calles. No hay
premios ni concursos, aunque en
esta oportunidad los
organizadores entregaron a sus
invitados y a los principales
auxiliadores del evento una
estatuilla, muy bonita, diseñada
por el artista Plinio Brand.
Algunos la llamaron "Los Plinios",
intentando un bautizo a futuro
-por si llegara a darse el caso
de una competencia-, pero el
nombre oficial es "Diablillo de
Santa Fe", en alegoría a una
tradición local.
Por demás, el Festival cuenta
con una página web, pequeña y
bella como el pueblo:
www.festicineantioquia.org. Y
con una dirección de correo
electrónico: festicineantioquia@yahoo.com.
La Organización ha elegido un
tema bien importante para la
tercera edición: la memoria y
olvido del cine colombiano.
Hablando de nombres, alguien
sugirió, quién sabe por qué pero
lo cierto es que más en son de
broma que de crítica, bautizar
un artículo sobre el evento como
una Crónica de buenos malandros.
|