Segundo
Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia
Crónica
de buenos malandros
Por
César Alzate Vargas
Como
suele suceder con este tipo de construcciones, el reloj de
la catedral de Santa Fe de Antioquia está detenido
en dos momentos que sólo durante un minuto al día
cada uno, y según la cara desde donde se mire, son
la hora de Dios. Por el lado de la fachada principal son las
nueve y dos minutos; por la cara de la torre que da a la calle
diez, son las diez y cuarto de una eterna noche en que alguien
amó a alguien para siempre.
Esta
calle, con un pavimento nuevo que avanza entre fachadas coloniales,
va en leve pendiente durante tres cuadras hasta el parque
de La Chinca, donde se levanta una de las curiosidades del
pueblo: el monumento al hombre que llaman "Poeta de la
Raza". Raza que no ha sido raza jamás y poeta
que no fue de los buenos, aunque esa es otra discusión.
La gente que llega al sitio lo corrobora: junto al Poeta,
una mujer indígena agarra un falo. Don Octavio Pérez,
uno de los historiadores locales, corrige: no es un falo,
sino una especie de aguja para hilar lo que sostiene la indígena
en su mano. Vea pues.
La
historia es la marca de Santa Fe de Antioquia. Llegar allí
es como regresar a los tiempos serenos en que los españoles
nos explotaban sin piedad ni justicia y ningún paramilitar
de derecha o izquierda nos imponía la barbarie para
hacernos enemigos de nosotros mismos. Éste es sin duda
un lugar de la felicidad, el mejor para intentar el albur
de un festival de cine en nuestra provincia del imperio.
Para
los desconocedores, Santa Fe es una población, la más
bella del departamento de Antioquia, ubicada a hora y media
de Medellín por la carretera que llega al golfo de
Urabá (algún día quizá la corrupción
permita acabar el túnel que acorta un poco la distancia).
Sus construcciones y algunas de sus costumbres se detuvieron
falsamente en la época anterior a la República
y al parecer, según dijo otro de los historiadores
locales durante una de las múltiples conferencias del
Festival, sus habitantes tienen apellidos peninsulares porque
son en su mayoría descendientes de esclavos que tomaron
los apellidos de sus amos. Descender de esclavos es en todo
caso menos deshonroso que descender de hijos despreciados
de españoles, pero esta es otra discusión. En
el poblado se vive con una paz que en esta época parece
imposible en cualquier lugar de Colombia, aunque si uno presta
atención aturde sus oídos el rugido del conflicto
que ya se campea por esas calles: hay algo como milicias y
eco de autodefensas por ahí. Es preciso rogar que no
suceda nada, pues en caso de una de esas inmundas incursiones
de la guerrilla no sólo se perderían vidas de
policías y civiles sino un precioso patrimonio arquitectónico.
Hasta
en el Ministerio de Cultura saben que Santa Fe de Antioquia
es una de las ciudades colombianas donde más películas
de cine y televisión se han rodado. La más reciente
de ellas es Sumas y restas, de Víctor Gaviria, que
justo se estaba terminando de grabar durante la primera semana
de diciembre. Y la historia resumida cuenta que en el año
2000 a Gaviria y su grupo de amigos se les ocurrió
la idea de reunir y proyectar en las calles de la población
todas estas películas. Al evento se le llamó
"Primer Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia",
y como no hay uno sin dos existió desde el principio
el compromiso implícito de hacer el segundo y hecho
el segundo en diciembre último ya lo que hay es un
entusiasmo tremendo y hasta una entidad que patrocina y el
evento tiende a institucionalizarse. Cosa muy buena, señores.
Agotado
el asunto de la filmografía rodada en estos paisajes,
el tema lógico para el segundo año era el que
los organizadores escogieron: la Conquista y la Colonia. Bueno,
porque además ante la imposibilidad física -y
la no necesidad- de llevar a cabo un festival de producciones
recientes, el de Santa Fe de Antioquia se convirtió
por derecha en un festival temático. Así se
va perfilando un certamen que, si continúa como hasta
ahora, con una organización en la que unos ponen los
sueños, otros el sentido común y todos el trabajo,
puede llegar a ser muy importante. Ya lo es de hecho, en la
medida en que por una lado lleva cine a una región
donde no lo hay y por otro lado se aprovecha para capacitar
a los pobladores en técnicas para trabajar sus propias
imágenes: uno de los momentos más gratos de
la segunda edición fue precisamente la proyección
de algunos documentales producidos por gente de la zona. Esto,
señores, no se ve en la mayoría de los festivales,
que suelen pasar inadvertidos para los ciudadanos de a pie.
Lo
que entre el 6 y el 10 de diciembre del año 2001 demostró
Santa Fe de Antioquia es que no sólo sus parajes se
prestan con virtud para ejercer de locaciones, sino que a
falta de teatros, buenos son los parques. Estos espacios abundan
allí y en cada uno de ellos se yergue una iglesia y
son pequeños y cerrados por las tapias de las construcciones
coloniales, y es factible enamorarse mucho y ver cine en tales
espacios. Al aire libre, sí.
La
segunda edición del Festival se dedicó pues
a un tema bastante afín a la vocación urbana
e histórica de la llamada "Ciudad Madre de Antioquia"
(como fuera que allí tuvo su sede hasta 1813 la primera
administración del departamento). En este sentido,
la muestra estuvo integrada por una veintena de producciones
cinematográficas y televisivas que iban, en cine, desde
la tremenda Aguirre, la ira de Dios (1972), de Werner Herzog,
hasta la hermosa Yo, la peor de todas (1990), de María
Luisa Bemberg y su malograda imitación mexicana Ave
María (1999), de Eduardo Rossof, y en televisión
series como Los pecados de Inés de Hinojosa, del director
colombiano Jorge Alí Triana, con la cual se cometió
el pecado de no presentársela completa al público.
Además se incluyó una muy buena muestra de documentales
que tuvo sus puntos más altos en las obras de la colombiana
Marta Rodríguez y el boliviano Iván Sanjinez.
El complemento perfecto fue una programación académica
de la que los analistas coinciden en decir que es el aspecto
más valioso del evento.
Santa
Fe de Antioquia no es por ahora un festival que atraiga muchas
figuras internacionales. Sólo dos extranjeros se comprometieron
a venir y uno de ellos, el venezolano Diego Rísquez
(de quien se presentaban dos películas) llegó
al colmo de dejar esperando a los organizadores en el aeropuerto.
Nunca llegó ni tuvo la delicadeza de avisar. El otro
es Sanjinez, quien vino y compartió su valiosa experiencia
de realización de video indígena a través
del Cefrec de Bolivia. Por los lados de los personajes nacionales,
en cambio, el acompañamiento fue casi masivo. Numerosos
actores y realizadores se pasearon por Santa Fe, dieron charlas
y talleres, presentaron sus producciones, dialogaron con el
público. Personajes a los que es necesario escuchar,
como Fernando Laverde y Marta Rodríguez; a los que
se ve a diario, como Humberto Dorado y Róbinson Díaz,
o a los que se contempla calladamente en la plenitud de su
misteriosa belleza como la directora Patricia Restrepo. Entre
otros.
Santa
Fe de Antioquia es el Festival más pequeño y
encantador de América Latina. Son cuatro días
y cinco noches en los que al pueblo se le presenta un cine
muy bien escogido y sin pagar boleta, se le invita a actividades
académicas y se le da cuenta de que el cine no es sólo
un accidente que ocurre cuando a alguien le asalta la idea
de filmar en sus calles. No hay premios ni concursos, aunque
en esta oportunidad los organizadores entregaron a sus invitados
y a los principales auxiliadores del evento una estatuilla,
muy bonita, diseñada por el artista Plinio Brand. Algunos
la llamaron "Los Plinios", intentando un bautizo
a futuro -por si llegara a darse el caso de una competencia-,
pero el nombre oficial es "Diablillo de Santa Fe",
en alegoría a una tradición local.
Por
demás, el Festival cuenta con una página web,
pequeña y bella como el pueblo: www.festicineantioquia.org.
Y con una dirección de correo electrónico: festicineantioquia@yahoo.com.
La Organización ha elegido un tema bien importante
para la tercera edición: la memoria y olvido del cine
colombiano. Hablando de nombres, alguien sugirió, quién
sabe por qué pero lo cierto es que más en son
de broma que de crítica, bautizar un artículo
sobre el evento como una Crónica de buenos malandros.