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Revista Kinetoscopio No. 61
Medellín, 2001

Segundo Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia
Crónica de buenos malandros
Por César Alzate Vargas

Como suele suceder con este tipo de construcciones, el reloj de la catedral de Santa Fe de Antioquia está detenido en dos momentos que sólo durante un minuto al día cada uno, y según la cara desde donde se mire, son la hora de Dios. Por el lado de la fachada principal son las nueve y dos minutos; por la cara de la torre que da a la calle diez, son las diez y cuarto de una eterna noche en que alguien amó a alguien para siempre.

Esta calle, con un pavimento nuevo que avanza entre fachadas coloniales, va en leve pendiente durante tres cuadras hasta el parque de La Chinca, donde se levanta una de las curiosidades del pueblo: el monumento al hombre que llaman "Poeta de la Raza". Raza que no ha sido raza jamás y poeta que no fue de los buenos, aunque esa es otra discusión. La gente que llega al sitio lo corrobora: junto al Poeta, una mujer indígena agarra un falo. Don Octavio Pérez, uno de los historiadores locales, corrige: no es un falo, sino una especie de aguja para hilar lo que sostiene la indígena en su mano. Vea pues.

La historia es la marca de Santa Fe de Antioquia. Llegar allí es como regresar a los tiempos serenos en que los españoles nos explotaban sin piedad ni justicia y ningún paramilitar de derecha o izquierda nos imponía la barbarie para hacernos enemigos de nosotros mismos. Éste es sin duda un lugar de la felicidad, el mejor para intentar el albur de un festival de cine en nuestra provincia del imperio.

Para los desconocedores, Santa Fe es una población, la más bella del departamento de Antioquia, ubicada a hora y media de Medellín por la carretera que llega al golfo de Urabá (algún día quizá la corrupción permita acabar el túnel que acorta un poco la distancia). Sus construcciones y algunas de sus costumbres se detuvieron falsamente en la época anterior a la República y al parecer, según dijo otro de los historiadores locales durante una de las múltiples conferencias del Festival, sus habitantes tienen apellidos peninsulares porque son en su mayoría descendientes de esclavos que tomaron los apellidos de sus amos. Descender de esclavos es en todo caso menos deshonroso que descender de hijos despreciados de españoles, pero esta es otra discusión. En el poblado se vive con una paz que en esta época parece imposible en cualquier lugar de Colombia, aunque si uno presta atención aturde sus oídos el rugido del conflicto que ya se campea por esas calles: hay algo como milicias y eco de autodefensas por ahí. Es preciso rogar que no suceda nada, pues en caso de una de esas inmundas incursiones de la guerrilla no sólo se perderían vidas de policías y civiles sino un precioso patrimonio arquitectónico.

Hasta en el Ministerio de Cultura saben que Santa Fe de Antioquia es una de las ciudades colombianas donde más películas de cine y televisión se han rodado. La más reciente de ellas es Sumas y restas, de Víctor Gaviria, que justo se estaba terminando de grabar durante la primera semana de diciembre. Y la historia resumida cuenta que en el año 2000 a Gaviria y su grupo de amigos se les ocurrió la idea de reunir y proyectar en las calles de la población todas estas películas. Al evento se le llamó "Primer Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia", y como no hay uno sin dos existió desde el principio el compromiso implícito de hacer el segundo y hecho el segundo en diciembre último ya lo que hay es un entusiasmo tremendo y hasta una entidad que patrocina y el evento tiende a institucionalizarse. Cosa muy buena, señores.

Agotado el asunto de la filmografía rodada en estos paisajes, el tema lógico para el segundo año era el que los organizadores escogieron: la Conquista y la Colonia. Bueno, porque además ante la imposibilidad física -y la no necesidad- de llevar a cabo un festival de producciones recientes, el de Santa Fe de Antioquia se convirtió por derecha en un festival temático. Así se va perfilando un certamen que, si continúa como hasta ahora, con una organización en la que unos ponen los sueños, otros el sentido común y todos el trabajo, puede llegar a ser muy importante. Ya lo es de hecho, en la medida en que por una lado lleva cine a una región donde no lo hay y por otro lado se aprovecha para capacitar a los pobladores en técnicas para trabajar sus propias imágenes: uno de los momentos más gratos de la segunda edición fue precisamente la proyección de algunos documentales producidos por gente de la zona. Esto, señores, no se ve en la mayoría de los festivales, que suelen pasar inadvertidos para los ciudadanos de a pie.

Lo que entre el 6 y el 10 de diciembre del año 2001 demostró Santa Fe de Antioquia es que no sólo sus parajes se prestan con virtud para ejercer de locaciones, sino que a falta de teatros, buenos son los parques. Estos espacios abundan allí y en cada uno de ellos se yergue una iglesia y son pequeños y cerrados por las tapias de las construcciones coloniales, y es factible enamorarse mucho y ver cine en tales espacios. Al aire libre, sí.

La segunda edición del Festival se dedicó pues a un tema bastante afín a la vocación urbana e histórica de la llamada "Ciudad Madre de Antioquia" (como fuera que allí tuvo su sede hasta 1813 la primera administración del departamento). En este sentido, la muestra estuvo integrada por una veintena de producciones cinematográficas y televisivas que iban, en cine, desde la tremenda Aguirre, la ira de Dios (1972), de Werner Herzog, hasta la hermosa Yo, la peor de todas (1990), de María Luisa Bemberg y su malograda imitación mexicana Ave María (1999), de Eduardo Rossof, y en televisión series como Los pecados de Inés de Hinojosa, del director colombiano Jorge Alí Triana, con la cual se cometió el pecado de no presentársela completa al público. Además se incluyó una muy buena muestra de documentales que tuvo sus puntos más altos en las obras de la colombiana Marta Rodríguez y el boliviano Iván Sanjinez. El complemento perfecto fue una programación académica de la que los analistas coinciden en decir que es el aspecto más valioso del evento.

Santa Fe de Antioquia no es por ahora un festival que atraiga muchas figuras internacionales. Sólo dos extranjeros se comprometieron a venir y uno de ellos, el venezolano Diego Rísquez (de quien se presentaban dos películas) llegó al colmo de dejar esperando a los organizadores en el aeropuerto. Nunca llegó ni tuvo la delicadeza de avisar. El otro es Sanjinez, quien vino y compartió su valiosa experiencia de realización de video indígena a través del Cefrec de Bolivia. Por los lados de los personajes nacionales, en cambio, el acompañamiento fue casi masivo. Numerosos actores y realizadores se pasearon por Santa Fe, dieron charlas y talleres, presentaron sus producciones, dialogaron con el público. Personajes a los que es necesario escuchar, como Fernando Laverde y Marta Rodríguez; a los que se ve a diario, como Humberto Dorado y Róbinson Díaz, o a los que se contempla calladamente en la plenitud de su misteriosa belleza como la directora Patricia Restrepo. Entre otros.

Santa Fe de Antioquia es el Festival más pequeño y encantador de América Latina. Son cuatro días y cinco noches en los que al pueblo se le presenta un cine muy bien escogido y sin pagar boleta, se le invita a actividades académicas y se le da cuenta de que el cine no es sólo un accidente que ocurre cuando a alguien le asalta la idea de filmar en sus calles. No hay premios ni concursos, aunque en esta oportunidad los organizadores entregaron a sus invitados y a los principales auxiliadores del evento una estatuilla, muy bonita, diseñada por el artista Plinio Brand. Algunos la llamaron "Los Plinios", intentando un bautizo a futuro -por si llegara a darse el caso de una competencia-, pero el nombre oficial es "Diablillo de Santa Fe", en alegoría a una tradición local.

Por demás, el Festival cuenta con una página web, pequeña y bella como el pueblo: www.festicineantioquia.org. Y con una dirección de correo electrónico: festicineantioquia@yahoo.com. La Organización ha elegido un tema bien importante para la tercera edición: la memoria y olvido del cine colombiano. Hablando de nombres, alguien sugirió, quién sabe por qué pero lo cierto es que más en son de broma que de crítica, bautizar un artículo sobre el evento como una Crónica de buenos malandros.

 

     
 
 
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