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Estrellas

Héctor Rincón
rincon@lahoja.com.co

Revista Cambio, dic. 17-24 2001

Llegan noticias cada vez más agrias de la Colombia profunda, la que de a pocos se desocupa, la de los secuestros masivos de Jardín y de La Mojana, la de la huida de los cogedores de café de la Sierra Nevada, la del crimen de la bachiller de Curití, la de donde ya no se distinguen los bandos porque cada vez se parecen más en sus métodos para alcanzar el objetivo que les es común de ganar poder y plata. Noticias rojas y negras, en fin, que suceden a borbotones por allá lejos, que no dan cabida al registro mediático de las noticias verdes y azules y doradas que también pasan para el alivio e ir regando así con esperanzas este pozo seco de motivos para seguir creyendo. La semana pasada bajé montañas y subí por cumbres y recorrí curvas rodeadas de abismos por todas partes, porque fui a buscar sucesos de otros colores que estaban pasando cerca al río Cauca, a orillas del empedrado Tonusco, debajo de un cielo estrellado que era lo único que había arriba de las cabezas de un público absorto.

No había allí –en Santa Fe de Antioquia– muchos-muchos periodistas como lo merecía la ocasión, pero es que no estaban ocurriendo masacres ni asaltos, sino que rodó durante cuatro días un festival de cine y de video. Allí, sí, allí, en esa ciudad de casas blancas de tapia, con pasadizos y con patios, con parques donde hay ciruelos alrededor de los cuales se ordenaron las 500 sillas plásticas que se pudieron conseguir en el mismo pueblo; allí donde no hay teatros para el cine sucedió el milagro: un festival, esta vez el segundo, para el que se tendieron telones y proyectores al aire libre para que al aire libre se vieran unas 30 películas relacionadas con la conquista y con la colonia. Un milagro redondeado con talleres y conferencias, útiles para discutir sobre episodios históricos en foros amplios o para oír cómo se ha trabajado en adiestramiento visual en comunidades indígenas.

Por obra y gracia de un grupo de utopistas en cabeza originalmente del director Víctor Gaviria, este festival echó a andar el año pasado con nada más que ganas, pero provisto de conceptos firmes: extender el hechizo del cine con todo su poder curativo a esa región a través de funciones gratuitas que garanticen su democracia, e impartir instrucciones sobre el cine, su modo de empleo y su manera de hacerse.

Un festival de cine en una ciudad inaudita, una manera de pacificar, de integrar y de dar motivos para creer.

Para ello acudieron a talleres y a conferencias docenas de jóvenes de allí y de pueblos vecinos, rescatados de sus desastres o de sus paraísos, y del entrenamiento salieron con criterio, con ilusiones y con ideas que volvieron libreto y después imágenes para llegar a videos como ese de las hacedoras de arepas de cayana que produjeron tres muchachas de Buriticá.

Nada de esto –festival, cine, telones, parques, arepas, Santa Fe de Antioquia– nada de esto es una candidez ni apenas un romanticismo, como lo parece. Es, por cultural y masivo, un acontecimiento político integrador regional y participativo: durante aquellos días y los que los antecedieron, miles de colombianos a quienes nada más que necesidades y dolencias les llegan, se citaron con un arte y vi a docenas de niños embelesados, arrimándose a lo que somos a través de ver lo que fuimos cuando rodaba Aguirre o la ira de Dios, por ejemplo, o cuando se veía el hostigamiento a las chicherías a través de El alma de maíz, también por ejemplo.

Hechos como este festival pacifican. Por lo dicho. Porque no está diseñado como un festival de élites faranduleras que se citan a exhibirse en las noches el bronceado de los medios días. Porque volvió gestores de su desarrollo y de su éxito como a ochenta jóvenes de la ciudad sede donde, además, se consolidó una Corporación liderada por gente de allí dispuesta contra todo escepticismo a mantener encendida esta hoguera.

Y pacifica también porque por esta vez, aunque sea por esta vez, los pobladores de Santa Fe de Antioquia se sintieron parte de un hacer creativo y no sólo, como casi todas las veces, ciudadanos expuestos al desangre. Porque, por ese lenguaje de conflicto que se ha instalado en los medios, un habitual registro noticioso de este pueblo grande, bellísimo y de ritmo más costeño que antioqueño, se dirá que es la puerta de Urabá como banderazo para dar paso a la catástrofe. Esta vez no.

Todo festival tiene su afiche y Santa Fe de Antioquia tiene el suyo.El afiche de papel, para la colección, lo tenemos en nuestras sedes en Santa Fe de Antioquia y Medellín, y lo pondremos a disposición del público durante el Festival. Queremos que nuestro evento sea tuyo.

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