Una de las dificultades para
mirar en torno nuestro con los
ojos abiertos, para entender
este entorno y respetarlo, ha
sido el cine americano que
hemos visto, que nos ha creado
un más allá de los lugares y
la representación, un
escenario distante en donde
viven personas encumbradas en
su diferencia. Por eso esa
dificultad adicional para
expresarnos en el lenguaje del
cine, para imaginar nuestras
propias vidas en este lenguaje
inaccesible. Este modelo -que
es el cine del centro, no el
de las márgenes- de un cine
imperial se ha colado en forma
de luz dorada por la hendija
de las pestañas de los
espectadores, induciéndonos en
una lista interminable de
recelos, prejucios e ideales
tiránicos y malsanos.
Por el contrario, cuando en
nuestras experiencias de
talleres en los pueblos de
Antioquia hemos proyectado
algunas de estas películas
periféricas, los asistentes las
miran con alivio inmenso, con
familiaridad regocijada, como si
ya las conocieran desde dentro
del corazón. La razón es
sencilla: son películas que
recorren la misma sensibilidad
de estas personas del campo y la
provincia. Cuando nos enseñaban
sus historias y sus relatos
personales, lo hacían con un
asomo de pudor y vergüenza,
porque eran historias que
estaban muy lejos de los grandes
conflictos y de los grandes
dilemas explosivos de las
películas comerciales de moda,
lejos de los grandes ruidos ante
los que estas historias eran
apenas rumores apagados, hilos
de agua, pequeños vientos
perfumados.
La mirada del director hindú
Satyajit Ray, por ejemplo,
proyectaba en sus pequeñas
historias un aire de grandeza
inesperado.
Esto mismo es lo que
experimentaremos en estos cinco
días de Festival, la lluvia de
relatos distintos que
restaurarán y sanarán la memoria
cotidiana de nuestra vida, que
ha estado adormecida y borrada
por las grandes palabras que han
caído sobre nosotros como un
bombardeo estremecedor, que por
invisible no ha sido menos
catastrófico.
Recibiremos las lecciones del
cine catalán, del cine chicano,
del yugoslavo integral que es
Kustorica, del cine turco, de la
poesía sin respiro de Sajtyajit
Ray, del cine escandinavo... Y
también las lecciones del cine
iraní, que ha sorprendido al
mundo por su retorno a las
historias más sencillas, y que a
la manera de un agua original,
ha limpiado la mirada misma del
cine.
De la mano de sus niños
protagonistas, guiados por su
inocencia, los directores
iraníes han rescatado la magia
de los lugares, de las
relaciones, de las esperas y las
emociones que anidan en los
pechos de los niños como un
tesoro invaluable que hace, a
través suyo, interesante el
mundo.
Antes que usufructuar la
oposición entre rutina y
aventura, el cine iraní ha
mostrado el poderoso movimiento
envolvente de las costumbres, un
movimiento del que sus
personajes se desprenden con
dificultad, como el niño que
apenas logra escapar a su madre
para buscar la casa de su amigo
y devolver el cuaderno de tareas
que ha tomado por error. Ellos
han ingeniado películas con
anécdotas sencillas que no son
otra cosa que mecanismos de
viaje alrededor de sus casas, de
sus barrios, de sus pueblos
rodeados de campo. En ellas sus
personajes se encuentran
casualmente con otras personas,
para preguntarse de dónde vienen
y para dónde van, y se responden
describiendo sinceramente un
destino resumido en palabras,
tan verdaderas que poseen la
gracia de las imágenes.
Kiarostami ha pretendido
desnudar al cine haciéndolo
retroceder hasta los momentos
previos a la ficción. Ha
colocado al cine como práctica
en el centro mismo de las
historias, y retrocede hasta el
momento del casting, en el que
un director le pregunta a unos
niños quiénes son y cómo se
llaman, y retrocede incluso
hasta el momento anterior en que
el director llega a la provincia
en su carro y pregunta a los
simples transeúntes, a través
del casual encuadre de la
ventanilla, en qué dirección
queda el pueblo de Koccer, en
donde vive un niño actor que
trabajó con él en su anterior
película, y de quien ignora su
suerte después del terremoto que
asoló ferozmente aquella región
del país. A través de este
sencillo procedimiento,
Kiarostami quisiera apartar de
golpe las trampas y espejismos
de la ficción, y sólo dejar,
como el reflejo del cielo en un
agua limpia, la verdadera
película que está debajo de las
otras películas, que es la Vida
misma rodeada de incertidumbre y
de misterio.
Esta disolución de la ficción
del cine a sus elementos
originales, coincide con las
angustias de los hermanos
Lumiere, en el momento en que se
retiraron del cine para siempre,
atormentados por las
consecuencias de su invento: un
lenguaje de la imagen tan
poderoso y vívido, que iba tal
vez a reemplazar la vida; la
imagen del jardín sustituyendo
al jardín, la imagen del tren
sustituyendo al tren.
Estas películas
de las provincias del cine nos
llevarán a los últimos lugares
del mundo, que son tal vez sus
fronteras: lugares en donde a
través de la inocencia y del
dolor, pervive un aire milagroso
de vida. Lugares del cine y del
mundo en donde todavía están
gimiendo, como una puerta en
mitad del campo, los más dulces
recuerdos de humanidad. |