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V Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia

BAJO EL CIELO ANTIOQUEÑO

Por César Alzate Vargas

Terminadas todas las historias y sin fuerzas ni interés suficientes para iniciar unas nuevas, mi única preocupación al llegar a Santa Fe de Antioquia consistía en que la supernova estallara antes de tiempo y nos convirtiera en días las noches cuya penumbra necesitábamos para proyectar las películas en los parques de la ciudad.


—Ocurrirá en cualquier instante —me había advertido en la mañana, vía chat, el técnico del planetario de Pasadena que nos mantenía al tanto del fenómeno.
“Si por el contrario corremos con la suerte de que el fenómeno espere al menos hasta la otra semana —escribí en la bitácora la noche del martes 7 de diciembre, cuando llegué con la avanzada de la organización—, vamos a tener unas noches de tal esplendor que los espectadores se verán en dificultades para decidir entre mirar a la pantalla y mirar al firmamento”. Incluso estuve tentado a componer odas a ese cielo tan estrellado, pero el espíritu no daba para tales veleidades.


El Festival de Santa Fe de Antioquia tiene cuatro particularidades que lo hacen fascinante. La primera es el pueblo mismo: ubicado a poca distancia de Medellín, parece una reliquia arquitectónica que hubiera saltado de la Colonia a la posmodernidad sin ensuciarse de los defectos del siglo veinte. La segunda es la proyección de las películas al aire libre, en unos parques bellísimos en los que se acomoda el que desee. Y grande es la cantidad de gente que desea. La tercera es su carácter temático, que lo lleva a reinventarse cada año. En la edición 2004 la idea era echar un vistazo al cine ajeno al mainstream, al cine periférico que llaman los estudiosos, y de ahí el eslogan: “Las provincias del cine. La otra mirada”. Y la cuarta es el aspecto académico: donde los otros festivales empaquetan charlas para no parecer tan superficiales, el de Santa Fe programa una serie de mesas redondas, conferencias, talleres, charlas y encuentros tan coherentes que casi por sí mismos justificarían el viaje de cualquier cinéfilo a este ardiente valle del noroccidente colombiano.


A lo largo de todo el año un equipo del que forman parte directores de cine, guionistas, realizadores de toda laya, críticos, gomosos, amigos, enemigos, profesionales, entusiastas y aburridos, un equipo con una pluralidad de visiones que aquí ha sabido confluir con virtud, se reúne a discutir y confeccionar la programación. Para cumplir su promesa de echar una mirada —la otra— a las provincias del cine, el Festival del 2004 se dividió en cinco secciones.
La muestra principal estuvo conformada por quince películas, que iban en el tiempo de 1982 —Yol, de los turcos Serif Gören y Yilmaz Güney— al 2003 —Santo Domingo Blues, del dominicano Alex Wolfe— y en el espacio de Estados Unidos —Las mujeres de verdad tienen curvas, de Patricia Cardoso, 2003— a seudonaciones ya desaparecidas como la Unión Soviética —La parentela, de Nikita Mihalkov, 1982—.


Se dedicaron secciones especiales a Emir Kusturica (sé que fue yugoslavo y siempre me confundo sobre si ahora es bosnio, serbio o latinoamericano), al indio Satyajit Ray y al cine iraní con un enfoque especial —inevitable, lógico— en la figura de Abbas Kiarostami.
Y la otra sección, que es casi una insignia de Santa Fe de Antioquia y permanece año tras año independientemente del tema, es Caja de Pandora, “el video colombiano del siglo veintiuno”. Muchos vienen al Festival sólo para estar presentes en esta muestra. La selección se hace mediante convocatoria nacional y aunque este año —cosas de la producción, qué le vamos a hacer— la muestra no tuvo el brillo del anterior, se vieron unas cuantas cosas que salvaron el encuentro en el parque del cementerio. Destaco tres: La noche antes del cómic, de un muchacho de Medellín, Álvaro Vélez; +30-29, del bogotano Cristian Corradine, y Noche de concierto, del también bogotano Santiago Trujillo.


Hasta el viernes, tercera noche de Festival, todo iba tan bien que ella me dijo: que no deberíamos ser tan estrictos con la puntualidad, porque entonces la gente que es un poquito impuntual, que es casi toda, llegaba a las películas cuando ya éstas habían empezado; y que cometiéramos algún error, para que pareciéramos más humanos.
El domingo, aunque sin querer, le dimos gusto. Habiendo sido el acto de inauguración el miércoles 8 un hermoso espectáculo que incluyó danza aérea, discursos no tan aburridos, homenaje a Paul Bardwell y proyección de Gato negro, gato blanco (1998) de Kusturica, el de clausura se nos enredó porque un niño del pueblo se puso a jugar con nuestras conexiones eléctricas y mientras se descubría el origen de la falla todo se nos retrasó media hora y hubo mucha agonía. Además la tarima era muy pequeña, hacía un viento fortísimo que agitaba las banderas —de Colombia, de Antioquia— y patrióticamente nos las echaba encima a la realizadora Silvia María Hoyos y a mí, que éramos los presentadores del certamen, y cuando ya el acto avanzaba y en la tarima se apiñaba un montón de gente y las actrices Marcela Carvajal y Adriana Arango nos ayudaban a entregar las estatuillas “Diablito de Santa Fe”, de repente una mariposa enorme y oscura como esas chapolas negras que antaño anunciaban la muerte se posó en la nariz del profesor Álvaro Ramírez, que se dirigía al público para presentar los premios de guión. Álvaro en un movimiento instintivo se sacudió la nariz, con lo cual golpeó a la mariposa, que fue a dar a la minifalda de Marcela, que estuvo a punto de sufrir un ataque de pánico: Adriana la sacó del trance matando a la mariposa y tirándola lejos. Por poco no fue una tragedia. Apesadumbrado por la muerte del animal, tuve que explicarle al público que el de Adriana había sido un acto de heroísmo y no una agresión a las especies nativas, y pensé en la suerte que tiene el actor Róbinson Díaz con una esposa, Adriana, que además de ser bella es valiente y decidida.


Los premios que se entregaron en la clausura no eran a las películas, pues por ser temático el Festival no es competitivo, sino a los participantes en los talleres de guión que a lo largo del año la Corporación del Festival organizó en diferentes municipios del departamento. El Diablito, una bonita estatuilla diseñada por el artista local Plinio Brandt, se ha convertido a lo largo de estos años en el símbolo del Festival. Fuera de los guionistas ganadores, lo recibieron este año: la alcaldesa de Santa Fe de Antioquia, Ángela Rivera, en reconocimiento a lo fundamental que para el evento ha sido su gobierno; el Ministerio de Cultura en la persona del Director de Cinematografía, David Melo, por el apoyo y el entusiasmo, y además en homenaje al cine colombiano, que precisamente ese domingo 12 celebraba su día especial; y las familias de los cuatro cineastas fallecidos en el 2004: Eladio Cañas, Paul Bardwell, Guillermo Isaza y Herminio Barrera.


El Ministerio de Cultura hizo acto de presencia en Santa Fe de Antioquia a través del combo de Cinematografía, para dictar charlas, participar en foros, apoyar la convención de los cineclubistas, celebrar el día del cine nacional y homenajear a los fallecidos entrañables. Eladio, un andariego que llevaba a cuestas un proyector de 35 milímetros que sólo para él era portátil y con el que proyectaba películas en los lugares más insólitos, fue asesinado en una población cercana a Medellín el 4 de enero. Paul y don Guillermo murieron de enfermedad el 29 de noviembre, y Herminio los siguió el 30.
El homenaje a Herminio Barrera fue escrito por Alberto Navarro y leído por Giovanni Insuasty, un joven realizador proveniente de la ciudad de Pasto que participó en la sección Caja de Pandora con un cortometraje titulado Welcome. Navarro labora en la Dirección de Cinematografía y nos acompaña todos los años en el Festival con tal entusiasmo que ya va siendo casi un patrimonio nuestro, una especie de talismán. Y no es el único de nuestros talismanes provenientes de allende las montañas.
Son muchos, pero me permito mencionar a los que me son más cercanos. Año a año es alentador que lleguen a nuestro pequeño Festival de provincia el director de la escuela Black María, Augusto Bernal; el crítico Diego Rojas; Juan Guillermo Ramírez, ahora asesor de la Cinemateca Distrital de Bogotá; el realizador Carlos Bernal; el joven productor Harold Ospina, miembro del grupo que hace el festival Cine a la Calle en Barranquilla... Los ves en todo: en el hotel, en las calles, en los eventos académicos, en las películas, en la rumba, siempre aportando ideas, participando en la discusión, ayudando a controlar el exceso de candela (licor local que incendia las almas).


Augusto Bernal, que puso a disposición nuestra su rico patrimonio de películas para la sexta edición del Festival (“Estrellas lejanas. Cine oriental”, del 7 al 11 de diciembre del 2005), nos regaló estas palabras pocos días después de terminada la quinta: “Muchas gracias por dejarme soñar en el cine y creer más aun en él”. Por su parte, Diego Rojas, que durante los meses previos había conformado la tribu de los kusturiqueños con el peruano Joel Calero, el colombiano afincado en Noruega Álvaro Ramírez y otros que se preparaban para venir a hablar a orillas del Cauca sobre el director ex yugoslavo que a todos nos gusta y cuyas películas marcaron deliciosas pautas en las plazas de Antioquia, Rojas, digo, culminaba con esta definición una serie de disquisiciones ciberespaciales del grupo: “...Ese falansterio maravilloso en que se ha convertido el Festival”. Los años de disfrute de las películas del roquero de los Balcanes y la amabilidad de sus integrantes me llevan a suponer que puedo fungir de miembro extraoficial de la tribu kusturiqueña, así que aprovecho para encomiar la oportunidad que el Festival me brindó de ver en la plazuela Jesús Nazareno, bajo un cielo que nos bombardeaba con estrellas fugaces y deseos por cumplir, la magnífica ¿Recuerdas a Dolly Bell? (1981), que a lo largo de la vida me había sido esquiva. La muestra Kusturica estuvo conformada también por Gato negro, gato blanco (1998), que fue la película inaugural, y por su otro testimonio de que los europeos del Este se parecen mucho a los latinoamericanos: Cuando papá salió de viaje (1985) (yo quería que se presentara mi favorita, ese ensueño en que Hollywood parece digno: Arizona Dream —1993—, pero por ser la aventura de Kusturica en el mainstream gringo no clasificaba en el tema del Festival).


El homenaje escrito por Alberto Navarro fue leído pues por el joven Insuasty en un acto simbólico de comunión entre las viejas y las nuevas generaciones del cine nacional. Decía: “Cuando a los amigos de Herminio Barrera se les pide describir los rasgos más sobresalientes de este realizador, ellos tienden a destacar, además de una gran simpatía personal, la sencillez y la discreción (...) Durante más de treinta años Herminio Barrera trabajó con muchos, casi todos, los realizadores colombianos del último medio siglo, y en un medio no siempre libre de conflictos, jamás se escuchó a nadie que no hablara sino bien de su trabajo, y de él como persona”.
En cuanto a Paul Bardwell, todos sabemos que de su mano el Centro Colombo Americano pasó de ser el instituto donde medio Medellín aprendía a hablar inglés a convertirse en uno de los pilares de la cultura audiovisual de Colombia. Amén de una biblioteca bien complementada con una sección de cine que es fundamental para cualquier estudioso y de la que se nutren numerosas instituciones del país, el Colombo puso a disposición del público en los años recientes dos salas de exhibición donde los cinéfilos hemos gozado mucho. El programa de cine liderado por Paul está alimentado por constantes ciclos que nos dan acceso a cinematografías de todas partes y de todas las épocas y donde se estacionan por otro tiempito las películas a las que la cartelera comercial les da poca oportunidad de ser vistas.


Paul acogió desde el comienzo la idea de hacer el Festival de Cine y Video en Santa Fe de Antioquia. Fueron muy valiosos sus consejos y sugerencias, sus advertencias en el sentido de que el nuestro ya no es sólo un festival que hacen unos amigos sino un certamen cinematográfico de grandes potencialidades, y su mágico computador del noveno piso nos sacó de innumerables dudas y permitió que en buena medida se perfeccionara la programación del Festival que terminaba ese domingo 12 de diciembre. Y además está esta publicación nuestra, Kinetoscopio, verdaderamente “la revista para los que aman el cine”, el testimonio más vital de su tenacidad.
Muchos personajes vinculados a la realización y al pensamiento en torno al cine aceptaron acompañarnos en la quinta edición del Festival. Uno de ellos es el peruano Calero, que presentó su documental Palpa y Guapido: El abrazo de la memoria, que no pude ver, y disertó sobre la obra de Kusturica con los miembros ya mencionados de su tribu. Otro es Jerry Carlson, el gringo más amable que ha venido por aquí desde los tiempos en que Kennedy esterilizaba latinoamericanos pobres a través de la lechita en polvo que distribuían los marihuaneros de la Alianza para el Progreso. La verdad, me daba un poco de miedo que a Carlson le sucediera algo en estas tierras de Dios y la guerrilla secuestradora. Sólo por ser de donde es. Miedo vano, por fortuna. El profesor del City College de Nueva York vino, anduvo de un lado a otro en Santa Fe de Antioquia y se fajó una interesante conferencia sobre el cine de minorías en su país (del cual, además de la película de la colombiana Patricia Cardoso, se incluyó en la muestra principal Promesas —2001—, el hermoso documental de Carlos Bolado, Justine Shapiro y B. Z. Goldberg sobre los niños palestinos e israelíes).
Todo transcurrió en paz. Esa pasmada paz de los pueblos colombianos, que es tan parecida a la de los sepulcros: uno siente que detrás de tanta tranquilidad se ciernen las tragedias. Sólo que Santa Fe de Antioquia, a diferencia de los sepulcros y a pesar de los hombres armados que asedian sus áreas rurales, está lleno de vida. La prueba es este certamen encantador, al cual arriba tal cantidad de gente que ya algún profeta del sentido común propuso que las películas se programen simultáneamente en Medellín, como quien dice para que venga menos gente y haya menos vida en Santa Fe (y menos ocupación hotelera y menos movimiento comercial y menos contacto con el mundo). Los genios de las cifras empiezan a temer que el Festival, por ser tan exitoso, termine desbordando a Santa Fe de Antioquia, una población de más o menos veinte mil habitantes, y sea preciso limitarlo o no seguir haciéndolo. Estos genios son primos de los defensores de la moral que se aterran de que con los cinéfilos lleguen en diciembre los cultores de las níveas ensoñaciones, como si éstos fueran más dañinos que la plaga alcohólica y viciosa que sí arrasa al pueblo en las fiestas populares.
Y no: si el Festival crece y atrae a más gente, y si como en las ciudades festivaleras hay quienes de entre sus habitantes optan por huirle al cine y sus aglomeraciones, mejor que mejor: Santa Fe de Antioquia tiene vocación turística y es un lugar precioso en el que para todos hay espacio. En el área urbana se encuentran desde hoteles en cuyas habitaciones pueden aislarse y ser felices estrellas que exigen lujos y comodidad, hasta hostales para estudiantes dispuestos a dormir en colchonetas. Ni siquiera este año, cuando llegó tanta gente que estuvimos a punto de darles la razón a los alarmistas, se copó la capacidad hotelera.


Fue un Festival perfecto, y perdóneseme la inmodestia de decirlo. La noche en que me sentí más feliz fue la del viernes 10, cuando en el parque de La Chinca pude ver una película que no había visto y que me conmovió hasta el fondo de la vida: El hijo (2002), de Luc y Jean Pierre Dardenne.


El cielo, también esta vez, conspiró con el resto del paisaje para que el Festival tuviera un marco geográfico de ensueño. La noche del martes 14, cuando ya todos estábamos en casa, ocurrió el fenómeno. Sin embargo éste no fue de la magnitud temida y lo más notable es esa como pequeña luna que aún hoy acompaña al sol a lo largo de los días. No viene al caso, pero de anotar es la particularidad de que la supernova no estalla en este momento: estalló hace no sé cuántos milenios y apenas ahora, debido a las extravagantes distancias del universo, nos llega su luz, como un grito del pasado más remoto. Sólo en el cine es posible semejante nivel de abstracción poética.