Alberto Quiroga - Diario El Pais, febrero 24 de 2002
La iglesia arde en la pantalla y las lenguas de fuego parecen iluminar un cielo oscuro en el que relucen unas cuantas estrellas, mientras una lluvia menudita que no alcanza para apagar un fósforo cae sobre los espectadores sentados en unas cuantas hileras de sillas plásticas, blancas, y sobre la acera y en los muritos del parque; y tras la pantalla, en la que sigue ardiendo la iglesia de la película, otra iglesita, ésta si de ladrillo y antigua y real y pequeña, y sin asomo de llama alguna, hace de telón de fondo de la extraña ceremonia en la que el cine oficia de anfitrión bajo el cielo antioqueño.