De la nostalgia como táctica de sobrevivencia

de la nostalgia como tactica

El director del corto argumental Teoría de catástrofes , seleccionado a la Caja de Pandora 2005, participó el año pasado en las mesas académicas del Festival y dejó por escrito sus reflexiones.
 

Ni siquiera Dios ha estado exento de la influencia. El Hombre, su obra más ruidosa y publicitada, surgió de lo estimulante que resultó la potencial energía metafísica de los antiguos primates (inspiración en vez de influencia, dirán algunos; yo no alcanzo para tales sutilezas), pobladores efervescentes de amplísimas zonas boscosas de África: tanto mirar al cielo, mientras el bicho peludo se comía una baya o una lagartija, resultó sospechoso y poderosamente revelador para el Altísimo; tanto, que unos cuantos milenios después no se supo quién inventó a quién. Magistral. La obra por antonomasia. Un buen ejemplo de la Historia , o la Mitología (cuando está bien escrita suele ser lo mismo) de técnica creativa sin que se noten los rastros: marcas de fábrica borradas, orígenes geográficos atlantizados, apellidos paternos malditos, cartografías de las líneas de las manos llenas de lodo y barro.

La originalidad, atributo esencial de la obra de arte verdadera, y que opera como mecanismo regulador en el establecimiento institucionalizado del canon, se escinde a través del oscurecimiento de las influencias que en un buen talento receptor, diversificador e inteligentemente inescrupuloso, desarrolla la fuerza arrolladora de la creatividad. De ahí la labor de críticos, hermeneutas, filólogos y toda su baba ineficaz. Porque una obra maestra es ambigua, nebulosa, expresiva sin límites academicistas o coyunturales. Emparentamiento indiscutible con el Principio: el silencio ensordecedor de Dios. O del Hombre. Las dos caras, que por asuntos formales corresponden a la misma angustia.

Un maestro es quien domina la técnica (de narrar, de conceptuar, de fotografiar) con originalidad, y la presunta ahistoricidad del canon artístico es lo que nos permite hablar de sus obras no sujetas ni a épocas ni a países. Su carácter trasgresor, indisciplinado, innovador o contestatario en sus orígenes se legitima a través de la tradición que condiciona percepciones y formas “adecuadas” de interpretar-manipular la realidad; instalaciones que crean compromisos éticos que un buen discípulo sabrá problematizar si quiere algún día convertirse en maestro.

El cine es un arte catastrófico: ocurren demasiadas cosas en muy poco tiempo. Defectos de época. Mientras la literatura y la pintura pastaban y rumiaban con tranquilidad a través de los siglos revolucionando sus esferas con toda la calma del mundo, el cine debió acoplarse en un impulso hiperactivo y esquizofrénico a los congestionantes percances de un siglo que no sabía perder el tiempo. Los primeros balbuceos, la estructura victoriana del relato, el realismo, los eructos vanguardistas de los veinte, el miedo expresionista alemán, la desestructuración de la única mirada, la muerte del narrador omnisciente, el problema del referente y la realidad, primitivismo, marginalidad como clasificación estética reivindicativa, eclecticismo formal, anomia moral, nostalgia desabrida, el video clip mucho tiempo después de Eisenstein, y, según los expertos, paralelo a esto, el fin del mundo, la decadencia de la cultura occidental: incubadora de ese artilugio eminentemente burgués, que entra también en esa lista de objetos desgastados; chatarra acorde con el decorado diseñado por los voceros entusiastas del fin de la Historia.

Muchos de estos mismos expertos con su incontrolable tendencia a elaborar necrologías se lamentan por estos días que nos tocó en suerte, azuzados por virulencias nostálgicas del “buen salvaje”; y es bastante comprensible que así lo hagan: relativismo pernicioso y multiculturalismo reaccionario etiquetando obras correctamente contra-jerarquizantes: pro-feministas, pro-tercer mundo, pro-afroamericanos, pro-gays y lesbianas, pro-palestinos, pro-ballenas, estetizando rudimentariamente cualquier tipo de causa en el terreno explícito del panfleto y el proselitismo; allí donde es imposible que un maestro intoxique con poesía.

Por otro lado está aquel coro de la fragmentación, vértigo de papas fritas y chanel N. 5, ritmo autista de top N. 1 en la Billboard, historias para jovencitos norteamericanos de cuarenta años, infantes que creen saber todo sobre el cine después de haber visto varias veces algo de Tarantino —estímulo que les permite cantar con arrogancia el estribillo de una canción que (eso lo ignoran) está estúpidamente mal escrita—. El escritor alemán Heinrich Böll le hizo decir al personaje principal de Opiniones de un payaso : “Los films artísticos los realizan las más de las veces, personas que por un cuadro no le hubiesen dado a Van Gogh ni siquiera un paquete de tabaco entero”. Ni ellos ni nadie, pues el pintor holandés sólo logró vender un cuadro en toda su vida.

La labor de encontrar por parte de los críticos a los maestros de su propia época es un asunto complicado, y más en la nuestra, con tanta “democratización”, con tanta “pluralidad”; pero es posible encontrar algunos, y muy buenos, lejos del coyuntural juicio de los encargados de un certamen internacional, y aun sin recibir la valiosa ayuda del tiempo: ese inviolable dictador que desecha especies, planetas, artefactos mecánicos chinos, pinturas cristianamente bárbaras, escritores por fracción de segundos demasiado orientales, películas des-vanguardizadas; deshaciéndolos en ese mar oscuro muy al centro de todo vikingamente conocido como el olvido.

Reconocemos un canon (la regla, el precepto, lo sagrado) en el cine compuesto de obras denominadas sin lugar a dudas como clásicas. Películas cuya primera función ocurrió hace más de treinta años (un tiempo largo para la historia comprimida del cine). No reconocer maestros en la actualidad, o reconocer que hay muy pocos, es un acto de movilización comparativa que intenta optimizar una jerarquización (la del canon) con parámetros críticos que los creadores contemporáneos pueden en este momento estar derribando, y que, por lo tanto, sólo sabremos apreciar con sus múltiples aristas y bifurcaciones en un futuro cercano. Después del impacto inmediato, el desconcierto inicial, la por el momento inadmisible incoherencia, la aparente ausencia de rigor político o moral, la distancia enorme con los maestros canonizados (que, como señalé al principio al hablar de la influencia, puede ser resultado de la complejización de la obra, que no debe repetirse si quiere honrar las predecesoras) de sospechosas producciones, tal vez años después las encontraremos decantadas, sorprendiéndonos de que las mismas ayudaron a reinterpretar esos mismos hechos en que fueron inscritas.

Me es imposible dudar de la fuerza renovadora de mis cineastas predilectos: Laurent Cantet, Atom Egoyam, Won Kar wai, Thomas Paul Anderson, Kim Ki-Duk, Lars Von Trier, Abbas Kiarostami, David Lynch, Aki Kaurismäki, cuya fuerza, estoy seguro, brillará en el centro del círculo conformado por los ancianos de la tribu. Los críticos pertenecen a su tiempo (¿optimismo ingenuo?), los artistas también. Y cuando son maestros se adelantan. ¿Cómo, entonces, manejar nuestra consternación, cómo lidiar con nuestros impulsos desesperados por poder entenderlos?

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