EN EL ALBA,
EL GALLO ANUNCIA EL CREPÚSCULO:
LA FIESTA
Hacia el final de la película
[Cuando papá salió
de viaje], el padre al que alude
el título del filme y su
familia están juntos otra
vez en Sarajevo. El reencuentro
coincide, además, con la
boda de su cuñado menor:
el motivo de alegría, de
celebración y de fiesta
es, por eso, doble. Sin embargo,
debajo de la festiva comunión
y de la celebración del
matrimonio, se va urdiendo un
tramado de rencores, venganzas
y revelaciones dolorosas que encuentran
su mayor contundencia en lo que
acontece con el pequeño
protagonista del filme. Éste,
que poco antes ha sido testigo
del dolor de su madre porque su
padre se ha acostado con una prostituta,
juega distraídamente con
su pelota de fútbol. Casi
al costado de su madre que conversa
con la novia, Malik dribla con
torpeza y la pelota va a parar
contra la verja del sótano.
Al recogerla, descubre, con estupor,
que su padre está montándose
a Ankica. El niño, petrificado,
sólo atina a recoger el
balón y, cual escena primaria,
los contempla alelado. El padre,
luego de terminar, se aleja unos
pasos, orina y, mirando con desdén
a su antigua amante y delatora,
vuelve a la fiesta; Malik, entre
tanto, sube a su habitación,
se acuesta -aunque es todavía
de día- y se cubre con
la colcha, como si quisiese sustraerse
a la fiesta que para él
ha sido la revelación rotunda
de la sordidez.
Pero esa,
aunque paradigmática, no
es la única escena en la
que una celebración se
enturbia con lo doloroso. Si esta
crónica familiar de los
azares de la historia política
de la Yugoslavia de los años
50 culmina en accidentado matrimonio,
el drama familiar originado por
la ausencia del padre -supuesto
viaje de negocios que no es otra
cosa que un destierro político
en el que lo someten a trabajos
forzados- se ha iniciado en medio
de la celebración familiar
del rito de la circuncisión
del pequeño protagonista
y su hermano.
(...)Resulta
evidente, pues, que, para Kusturica,
el éxtasis y el gozo que
supone la fiesta exige, casi por
necesidad y contrapeso dramático,
el paroxismo del dolor, como si
quisiese subrayar que ambos eventos
humanos no son sino manifestaciones
complementarias de una misma realidad
indisoluble.
Es sabido
que lo que algunos autores llaman
la neurosis de Occidente se origina
en la visión dicotómica
y divorciada con la que se escinde
la realidad. Bueno-malo; cielo-infierno;
placer-dolor resultan, así,
categorías que nuestra
sociedad concibe como opuestas
y no como complementarias en su
polaridad, a diferencia de otras
concepciones culturales, como
la oriental-tradicional, por ejemplo.
De esa manera, ciertos aspectos
del cine de Kusturica, sin convertirse
necesariamente en una visión
crítica de una concepción
de realidad, pueden ser considerados
como el énfasis en la necesidad
de diversificar y ampliar la realidad
cinematográfica, impresión
que parece ratificarse con unas
recientes declaraciones suyas
en las que, a propósito
de Gato negro, gato blanco, dijo:
"Una película no es
socialmente importante si no realza
las diferencias étnicas
que deben ser consideradas en
esta era de globalización".
LA ALMOHADA,
LA SOGA Y EL ECRAN
El plano final de Cuando papá
salió de viaje, en el que
Malik, en pleno trance de sonambulismo
se eleva por los aires, sintetiza
y preludia uno de los tópicos
caros al cine de Kusturica: lo
onírico como supresión
del displacer.
(...)Pero
es en sus siguientes filmes, donde
lo onírico, de múltiples
maneras y conservando la misma
valencia, ha asumido un protagonismo
mayor. En Tiempo de gitanos, por
ejemplo, cuando Danira gimotea
desconsolada pidiéndole
a su hermano que no la abandone
en el hospital, descubre, a través
del parabrisas del auto, a su
madre muerta que vuela vestida
de novia y le sonríe. Esa
contemplación la sosiega
de la angustia, aunque no pueda
contrarrestar luego el desenlace
de lo que ocurrirá. En
la inserción natural, y
no cuestionada por sus protagonistas,
de eventos fantásticos
como ése, se ha destacado
la presencia de lo real maravilloso
y el influjo de García
Márquez. El cineasta, por
cierto, ha corroborado esa impresión,
aunque ha reconocido una deuda
mayor con Chagall, su pintor dilecto.
(...)Pero
lo onírico no es el único
recurso con el que se exorcisa,
de manera parcial, la pesada carga
vital. En por lo menos tres de
sus películas, alguno de
sus personajes intenta suprimir
el displacer de manera radical
y acaba colgándose del
tanque de un wc, de un campanario
o de una viga cualquiera, aunque
en los tres casos con infructuosos
resultados. Un dato curioso: a
despecho de ese adagio que dice
que la vida imita al arte, el
actor que protagonizó el
frustrado suicidio de Perhan [Tiempo
de gitanos] no tuvo la misma suerte
que su personaje: el 3 de junio
de 1999, Davor Dojmovic interpretó
con éxito su suicidio.
Para siempre.
También
el cine, sueño vicario
que nos proveemos concientemente,
tiene en los filmes de Kusturica
la misma valorización que
los discursos oníricos.
Ya en el temprano Cuando papá
salió de viaje se puede
observar que las escenas de armonía
o reconciliación familiar
son, precisamente, aquellas en
las que juntos observan la proyección
de las imágenes que Mizra
ha dibujado cuadro por cuadro,
volviendo a inventar el cine y
la felicidad. Lo mismo ocurre
en Tiempo de gitanos, donde la
familia contempla la figuración
del cine gracias a las bufonadas
chaplinescas del tío Merzdan.
Así pues, sueño,
suicidio o cine son las fuentes
que Kusturica provee a sus personajes
para que, como él mismo,
canalicen sus angustias y su desasosiego.
(...)Es cierto
que Kusturica, como Fellini, es
un autor dionisiaco y tumultuoso,
pero este rasgo debe rastrearse
en su imaginación desbordada
y en su particular concepción
del cine, mas no en el proceso
de su puesta en escena, deliberadamente
apolíneo y maniáticamente
puntillista.
LA ORQUESTACIÓN
DEL DESENFRENO
Si los personajes de Kusturica
son ya naturalmente propensos
al exceso y al desborde emocional,
la irrupción de la música
suele conducirlos a un estado
de exaltación y desborde
frenético en el que se
confunden, mordiéndose
mutuamente la cola, dolor y liberación.
Más aun cuando, como casi
siempre, ese desborde accionado
por la música está
acompañado de excesos alcohólicos.
También ahora, en la escena
del matrimonio de Cuando papá
salió de viaje, encontramos
una secuencia predecesora: Zijo,
el cuñado de Mesha, responsable
de su destierro, intenta reconciliarse
con su hermana. Al ser rechazado,
se dedica a secar, copa tras copa,
una botella de brandy. Ebrio ya,
coge la botella, la acuesta frente
a sí, entrecierra los ojos,
entona con pasión estentórea
las letras de una canción
popular eslava y, de pronto, descerraja
un potente frentazo sobre la botella.
(...)Pero
lo que singulariza la visión
del cineasta bosnio es que la
expiación del sufrimiento
no es lastimosa como podría
serlo, por ejemplo, en una vorágine
de bolero y alcohol, sino que,
por el contrario, la exudación
del dolor es también el
momento de la asunción
del valor, la reconexión
con las tensiones íntimas
de sus protagonistas para renacer
con renovada energía. Por
eso, a la coreografía de
brazos que se elevan en gesto
solemne y épico, suele
sucederle actos como los de coger
una botella para estrellársela
en la cabeza en un acto que no
es -o no solamente- autocastigo
sino, básicamente, enardecimiento,
guapeo.
(...)Pero
esta expresión de carácter
no es sino una de las muchas afinidades
que emparentan ciertos aspectos
del cine de Kusturica con nuestro
universo andino rural que, como
otras culturas, ha sintetizado
culpa católica y paganismo
en una amalgama muy particular
para la que algunos cineastas
eslavos parecen ser muy sensibles,
como el mismo Kusturica, Tarkovsky
o Paradjanov que, en su memorable
Sombras de Fuego, ha logrado también
transmitir esa mirada densa y
áspera sobre esos universos
donde el éxtasis y la tragedia
se abrazan con naturalidad.
Digámoslo
de una vez: como en los psicodramas
de Cassavettes, aunque de modo
radicalmente distinto, los personajes
de Kusturica se reconocen en la
pulsión, el afiebramiento
y la ebriedad, pero no la de la
embriaguez, moderada y sensual,
sino en la de la borrachera, carnavalización
trágica y sudorosa con
la que se reinventa -y se destruye-
el mundo.