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ENTREVISTA
CON ALBERTO ELENA:
En Valladolid,
en el verano del 2004, coincidieron
la coordinadora académica
de Santa Fe de Antioquia y
el profesor de historia del
cine de la Universidad Autónoma
de Madrid, director de la
revista Secuencias y autor
de numerosos trabajos sobre
cinematografías ajenas al mainstream, entre ellos Los cines periféricos (1999).
Adriana interrogó al profesor
Elena sobre dicho concepto
y aprovechó para hablar con
él sobre cines también presentes
este año en Santa Fe de Antioquia,
como el iraní y el del hindú
Satyajit Ray.
Por Adriana Mora
¿A qué llamaría usted
cinematografías periféricas?
La
verdad es que los términos
son bastante delicados. Yo
escribí un libro que se llama Los cines periféricos, pero ese no era mi título;
ese título lo puso el editor.
Yo quería que lo llamáramos Los cines del Sur, que si bien tampoco es lo suficientemente preciso, de alguna
manera apela a las categorías
geopolíticas de Norte-Sur
que se siguen utilizando y ya no la de Tercer Mundo,
que estuvo en boga un tiempo
y que tiene una connotación
peyorativa que yo evidentemente
no quiero dar.
En
el ámbito del cine, evidentemente,
desde sus orígenes el Cine centro ha estado representado por Europa y Norteamérica, que
es donde básicamente se ha
ido desarrollando la técnica,
la estética cinematográfica;
sólo hacia
los años cuarenta o
a finales de la Segunda Guerra
Mundial se empieza a pensar
dónde fuera de Europa, Estados
Unidos o Canadá hay industria
del cine o una tradición cinematográfica
que se pueda considerar tal.
En Latinoamérica, México,
Argentina y Brasil, que son
prácticamente los únicos países;
en los otros había películas,
pero no realmente una industria.
En África no habría nada más
que Egipto y en Asia estarían
prácticamente Japón, China
y la India. Estamos hablando
de siete u ocho puntos completamente
aislados, independientes entre
sí, porque no existía en esa
época ninguna invención de
movimiento del Sur, tercermundista,
periférico, etc. Pero esas
películas no circulaban. Quizás
las cosas empiezan a modificarse
un poco desde los sesenta
y los setenta, con los nuevos
cines, cuando sí surgen movimientos
de carácter continental, como el nuevo
cine latinoamericano, que por primera vez pretende ir más allá
del ámbito nacional, o el
nuevo cine árabe que ya no es sólo egipcio
o marroquí.
Entonces,
yo creo que la idea de cines
periféricos serían esos
cines que están fuera, que
no pertenecen al núcleo, al
centro en el que se ha formado
y desarrollado el cine desde
un punto de vista de lo técnico
y de lo estético a lo largo
de la historia.
ENTRE ORIENTE Y
OCCIDENTE
Satyajit
Ray: ¿Qué papel juega ese
nombre dentro de la cinematografía
de la India? ¿Quién es y qué
representa?
Satyajit
Ray es, sin lugar a dudas,
el cineasta indio más importante
de la historia. Casi te diría
que también es uno de los
cineastas periféricos, o del
sur, más importantes de la
historia. Aunque es un cineasta
que ha tenido un crédito y
una reputación mayores
fuera que dentro del país.
Dentro del país, Ray era un outsider, era alguien
que trabajó primero en Calcuta,
donde comienza sus primeras
películas en el año 55, es
decir, en el momento en que
ya Calcuta empieza a convertirse
en esa ciudad degradada, si
bien todavía culturalmente
sigue siendo un foco muy importante.
La industria bengalí, además,
sufre un serio golpe porque
cuando se produce la división
de la India y Pakistán, Bengala
Oriental se convierte en independiente
y entonces si antes era pequeño
el territorio de las películas
bengalíes, se convierte en
más pequeño todavía. Por si
fuera poco, Ray no hace películas
comerciales, es decir, hace
películas muy personales que
son muy indias en un sentido,
pero que también tienen como
referentes obras universales.
En Bengala es una institución,
desde muy pronto, y es respetadísimo,
pero en la India sus películas
muchas veces no se conocen.
La primera retrospectiva de
Ray no se hace —me parece
recordar— hasta los años setenta.
Sin embargo, en el extranjero
desde el primer momento tiene
bastante buena prensa, pues
da la casualidad de que la
primera película, La canción
del camino, se presenta
en Cannes y tiene un premio
honorífico al mejor documento
humano —uno de esos que se
inventan los jurados de vez
en cuando.
¿Cuáles son las claves para enfrentarse con el cine
de Satyajit Ray, y en especial
con la
Trilogía
de Apu?
Bueno,
esa trilogía surge por casualidad,
pues no pensaba hacer una
trilogía, pensaba adaptar
esa especie de novela o de
obra literaria que es el Panchali —un tipo de largo poema— de
un escritor bengalí, bastante
conocido, y decide que lo
quiere adaptar porque se ha
convertido en un cinéfilo
vocacional cuando ha visto,
sobretodo, una serie de películas
neorrealistas italianas en
una estancia en Londres y
él decide que quiere hacer
una primera película completamente
amateur en el pleno sentido
de la palabra, con cámaras
alquiladas, con el celuloide
que consiguen por aquí y por
allá malamente, rodando con
amigos y conocidos los fines
de semana.
El
rodaje de la película dura
dos años y pico, entre una
cosa y otra, no consiguen
ni siquiera la financiación
necesaria, tiene que interrumpirse;
o sea que es exactamente el
prototipo de película amateur,
el empeño de alguien que está
trabajando para una agencia
de publicidad y se gana su
dinero, pero haciendo otro
trabajo. En ese sentido, cuento
estas anécdotas, porque es
una película que está hecha
completamente al margen, no
diría de la gran industria
de Bombay sino de la más pequeña
industria, pero también pujante,
dentro de lo que cabe de Calcuta.
Está hecho fuera de cualquier
tipo de presiones, exigencias,
es exactamente la película
que él quiere hacer, pues
no se parece en nada a las
películas comerciales indias
que a él no le gustaban. A
él le gustaba mucho el cine
americano clásico, curiosamente,
pero no es eso lo que quiere
rodar. Un poco, los referentes
son los de un tipo de cine
de corte realista. Yo creo
que se ha exagerado mucho
la deuda con el Neorrealismo
italiano y que sus películas,
por ejemplo La canción del camino,
tienen casi más que ver
con la tradición de Flaherty
que con
el italiano propiamente dicho.
Pero, bueno, en todo caso
habría ahí una tradición de
documental, cine realista
o neorrealista, que es de
la que él se nutre.
Además la trilogía no la hace tan seguido, entre medias
rueda películas de otro tipo,
entre otras una de ambiente
histórico que es el Salón de música. Es decir, que es un cineasta
mucho más variado de lo que
podría parecer si uno se contenta
con leer las notas que habitualmente
se han escrito.
Sin embargo, la segunda película y la tercera están
más cerca de una cierta confección
del melodrama, la cosa es
que está resuelto de una manera
sublime. El final de El mundo de Apu, por ejemplo, cuando
el padre vuelve, es uno de
los momentos más fabulosos
de toda su filmografía y del
cine indio. El invencible está centrada en Calcuta, cuando el niño está estudiando, pero básicamente
es la relación entre el muchacho,
el adolescente y la madre,
un factor recurrente en todo
el cine indio. Es decir, que
no es tanto una mirada diferencial
como una calidad de la mirada
la que hace que estas películas
sean obras maestras. Tampoco
es cierto que La canción del camino sea la primera
película india sin canciones;
ya había habido otras antes.
Hay un fenómeno de hibridación,
que se da en todo Ray y que
en cada caso, en cada película,
se resuelve de manera distinta,
pero que es muy fecundo. Él
es un hombre que está siempre
con un pie en Oriente y otro
en Occidente, que le gusta
mucho la música clásica de
la India, pero que le gusta
mucho Mozart, y le gusta mucho
Beethoven, que le gustan los
bengalíes de la generación
anterior pero que le gusta
Vittorio de Sica.
Ese perfil es el que verdaderamente, yo creo, es muy
característico de Ray y con
el que tenemos que operar
para enfrentarnos a sus películas,
el de alguien que sigue siendo
muy indio, que trabaja sobre
originales literarios indios,
después hay muchas obras en
las que adapta a Tagore o
a otros autores indios, pero
que piensa que el cine es
una invención occidental —así
lo dice algunas veces—, que
hay muchas cosas que ya han
inventado en Occidente y que
hay que tenerlas en cuenta
para utilizarlas o, a lo mejor,
para rechazarlas, pero que
no se puede vivir desde la
India de espaldas al cine,
porque el cine, “la institución
cine”, es algo que se ha
alimentado en otro
sitio y que tiene el centro
en otro lugar. Ellos son una
periferia y entonces desde
esa periferia lo que tienen
que hacer es negociar, de
alguna manera, qué tipo de
cine pueden hacer allí que
no sea un cine provinciano
en el peor sentido de la palabra,
hecho de espaldas a lo que
verdaderamente es el centro,
pero que no sea puramente
mimético y que renuncie a
la raíces. Es un poco complejo,
pero es que la figura de Ray,
en ese sentido, es muy compleja
como suele ocurrir con casi
todos los genios: las figuras
geniales en la literatura,
en la ciencia, en el cine,
son precisamente los que están
fuera de la norma. Si quieres
encontrar, en eso, algo que
sea característico de un determinado
cine indio, pues tienes que
buscar otra figura. Ray está
al margen, está fuera, por
encima pero fuera.
¿Tiene
herederos la estética de Ray
en la India, o los herederos
están más bien en Occidente?
Es una figura bastante solitaria y no tiene continuadores
directos, no crea una escuela
en Bengala. Aunque, sí es
el tipo de cine con una sensibilidad
realista o social que está
después presente en muchos
de los autores del nuevo cine
indio. Casi todos hablan bien
de Ray, pero no hacen un cine
que se parezca mucho al de
Ray, la verdad.
ALGO BUENO DE UN PAÍS SATANIZADO
Bueno,
vamos a cambiar de país, vamos
a Irán. Según usted, ¿qué
elementos permitieron el éxito
y el reconocimiento en Occidente
del cine iraní?
Irán es un caso muy curioso, porque es uno de los
pocos lugares del mundo en
el que ha habido dos veces
un nuevo
cine. Porque hubo un nuevo
cine iraní en los años
setenta. La primera película,
la que se considera que lanza
al nuevo cine iraní es La vaca, del año 69, y después
está 1979, que es la revolución.
Hay una década en la que se
está hablando del nuevo
cine iraní y surgen una
serie de figuras que ponen,
por primera vez en la historia,
al cine iraní en circulación
en los festivales internacionales
y allí están una serie de
nombres como el de Kiarostami,
que empieza entonces. En ese
sentido, se suele olvidar
que hay una continuidad importante
entre la gente que hace cine
antes de la revolución y después
de la revolución, otra cosa
es que las circunstancias
evidentemente cambien y de
las circunstancias sociopolíticas
también surgen realizadores
nuevos y más jóvenes.
Pero cuando a partir del año 83, 84, empieza a producirse
ese descubrimiento del cine
iraní, son películas de gente
de la anterior generación,
que están comenzando a verse
en Occidente. Yo creo que
ahí se juntan o hay que tener
en cuenta dos aspectos al
menos: por un lado, la calidad
intrínseca de estas obras,
es decir, son películas importantes,
realmente cuando uno ve, no
sé… El
corredor,
que es una de las primeras películas que llega a festivales
europeos, la gente se enfrenta
con una película importante,
muy racionada desde el punto
de vista del lenguaje, con
una gran fuerza expresiva,
y eso sucede con unas cuantas,
lo cual permite hablar de
un movimiento, de percibir
que algo se mueve en Irán,
no que haya una película muy
buena excepcionalmente o que
haya un autor concreto y estamos
hablando antes del descubrimiento
de Kiarostami, que se le va
a descubrir en el 89 en Locarno
en
¿Dónde está la casa de mi amigo?
Kiarostami había debutado en el setenta, pero ahora
es cuando se le conoce. Es
decir que ha habido una maduración
de ese nuevo cine dentro de
una relativa estabilidad,
en un régimen muy restrictivo
y muy opresivo, pero por lo
menos han encontrado la manera
de poder seguir haciendo un
determinado tipo de cine personal,
de autor, que no es el de
cine comercial iraní, que
también existe: melodramas
lacrimógenos, comedias más
o menos estúpidas y muchas,
muchas películas de acción,
muchos Rambos, de la guerra
Irán-Irak o de la lucha contra
el Sha. Y el segundo elemento
que hay que tener en cuenta
es que en el 88 acaba la guerra
con Irak y de alguna manera
en los primeros noventa comienza…
—es que es difícil utilizar
ese término— una cierta apertura,
una cierta moderación del
régimen iraní, una voluntad
de tener una mejor imagen
internacional. Al mismo tiempo,
en el extranjero comienza
a haber un cierto interés
por no satanizar de manera
completa y absoluta al régimen
iraní, de tender algún puente
y en ese contexto el cine
va a jugar un papel fundamental.
De pronto, el cine parece
mostrar que no todo es barbarie
dentro de ese país. Y, por
otra parte, en Irán el régimen
está feliz de que al menos
haya algo que sucede en el
país y que esté bien
visto en el exterior.
Kiarostami
se ha convertido en una de
esas figuras míticas que todo
festival quiere tener en su
competencia. ¿Cuál es la importancia
real de esa figura en el cine
iraní? Porque uno lee constantemente
que los nuevos directores
del cine iraní son hijos de
Kiarostami.
Sí, es cierto. Kiarostami sí que tiene imitadores,
incluso los que no tenía Ray.
Hay gente que hace películas
y define sus películas como
homenajes a Kiarostami. Yo
creo que es una figura indiscutida.
Otra cosa es que haya sectores
de la crítica que le sean
muy hostiles, porque hay una
crítica más conservadora que,
evidentemente, no le gusta
el cine que hace Kiarostami.
Y como un tercer lugar, estaría
el caso del público general
que ignora por completo a
Kiarostami: sus películas,
cuando se han llegado a estrenar,
las han visto unos pocos,
han aburrido bastante y han
dicho está loco y tal y no
voy a ver la siguiente, y
ahora ya ni se estrenan.
LAS MINORÍAS: NI AQUÍ, NI ALLÁ
El
cine que hacen las minorías
en países como Estados Unidos,
¿ese también es cine de periferia?
Sí. La verdad que ese es un fenómeno relativamente
nuevo y que se está comenzando
a estudiar ahora. Es difícil
denominarlo de alguna manera,
arrastrarlo a los cines transnacionales
—un término que ahora se está
empezando a utilizar—, porque
están los chicanos en Estados
Unidos, pero también están
las comunidades chinas, las
comunidades asiáticas, en
general, que están haciendo
cine de Estados Unidos. El
director de El corredor se marcha a Estados Unidos y sigue ahora haciendo películas
de Estados Unidos, o sea que
también dentro de la comunidad
iraní hay gente que está haciendo
cine y que no es como el cine
americano, que guarda algún
tipo de parentesco, de relación,
de vínculo, con el cine de
su país. No digamos las películas
relacionadas o ligadas a la
comunidad indostánica en Gran
Bretaña: Quiero
ser como Beckham o Kamasutra de Mira Nair, que no es una película
india, sino que es una película
hecha desde Gran Bretaña.
Entonces, eso es un fenómeno
yo diría que relativamente
nuevo, que hay que empezar
a conceptualizar. Por ahora
esta idea de cine transnacional,
de cine hecho por las comunidades
étnicas pero en otros países,
y que guarda una relación
estrecha con la cinematografías
de los países de origen, es
un caso diferenciado.
Hay que buscar una categoría, hay que encontrar un
término que defina esa categoría
intermedia del cine hecho
por las comunidades étnicas
en el extranjero, pero que
está muy generalizado porque
tenemos toda la producción,
digamos, un cine de la inmigración
magrebí en Francia, o sea
de directores inmigrados o
exiliados como en el caso
de los argelinos, o directores nacidos en Francia de la segunda
generación, pero que siguen
haciendo un tipo de cine que
tiene que ver con sus países
de origen, con personajes
de su comunidad. Es decir,
no es puro cine francés, pero
tampoco es ya cine magrebí
o argelino. Lo mismo sucede
con los turcos en Alemania.
El cine chicano, no sé, no
lo he trabajado, no lo conozco
tanto, pero me atrevería a
decir que también tiene esa
especie de dualidad, exactamente
de búsqueda de las raíces,
de vuelta al país de origen,
el problema de la familia
como un microcosmos en el
que sus conflictos se plasman
entre las distintas generaciones.
Pero, bueno, eso no son los
temas de las películas de
los países de origen, allí
tratan de otras cosas, normalmente.
¿No?
¿En medio de la realidad de exhibición a la
que estamos sometidos, todo
este cine de periferia —por
llamarlo de alguna manera—
está limitado y condenado
a las muestras especializadas
y los festivales de cine,
o tiene algún futuro por otro
lado?
Bueno, la verdad que este cine está tan limitado como
cualquier otro cine que no
sea el norteamericano. Todavía
los exhibidores siguen hablando
de barrera del 85 por ciento,
que en casi cualquier mercado
del mundo la cuota de pantalla
del cine norteamericano es
de 85 por ciento, punto arriba,
punto abajo. En Francia es
menos, pero es una excepción.
En los mercados protegidos,
como puede ser el coreano,
que tiene una obligatoriedad
de emitir un 40 por ciento
de días del año cine nacional,
es una batalla muy fuerte
que tiene ahora con los medios
y el gobierno de Estados Unidos,
que están presionando a nivel
político para conseguir que
se rebaje.
Es decir, que las pantallas de todo el mundo están
ordenadas por los Estados
Unidos y esto se debe a determinados
mecanismos comerciales, que
llevan utilizando desde hace
mucho tiempo, a presiones
no todas legítimas, etc.;
ya se ha hablado mucho de
la concepción que tiene Estados
Unidos del libre comercio.
Pero, por otro lado, también
son películas que gustan;
si no, daría igual que hubiera
tantas presiones, que tuvieran
todos los cines con películas
americanas... Si no gustaran,
no funcionaría.
¿Qué se puede hacer? ¿Cuál es el ámbito para estas
otras cinematografías? Creo
que efectivamente está en
unos circuitos que podríamos
llamar culturales o paralelos,
que es donde sí se puede hacer
mucho y no se hace. Creo que,
digamos, filmotecas, festivales,
centros culturales, universidades,
ahí hay un circuito cultural
en el que sí que se puede
mover esto y que puede ser
suficientemente significativo
como para que tenga visibilidad
y un cierto impacto. Festivales
que tengan un planteamiento
como el vuestro, cumplen una
función completamente distinta
al Festival de San Sebastián
o al Festival de Valladolid
y tienen que coexistir. Yo
creo que ahí es donde se puede
hacer mucho. |