|
|
Por Juan Carlos
Sánchez R.
A veces en los momentos más
difíciles de una cultura
pueden brotar las ideas, las
imágenes y las palabras más
esenciales y vitales para la
humanidad, la poesía. Pero
no la belleza del trapecista
de palabras sino la del
místico de la vida, el
revelador de lo oculto. Hoy
cuando los medios al unísono
nos hablan en forma
desfigurada del mundo
musulmán, el cine con su voz
y luz altisonantes nos traen
la espiritualidad y la
sencillez a partir de una
cinematografía que parece
alimentarse de la poética
del realismo francés,
surgido después de la
primera guerra mundial y del
neorrealismo italiano,
estampas de la vida
verdadera de los italianos
de la posguerra.
Las ideas de los hombres
invernan pero no
desaparecen. Ya estuvieron
presentes en otras épocas en
los ojos de los espectadores
imágenes de una poética
realista como los franceses
y los italianos, ahora es el
tiempo de los iraníes que no
sólo han cautivado a los
europeos sino que nos tienen
sorprendidos en América
Latina. Hay que visitar la
infinidad de sitios en
Internet para darnos cuenta
de cómo en Buenos Aires,
Lima, Medellín y Bogotá
estas historias han
penetrado en lo mas hondo
del espíritu, pareciera que
desde otras latitudes nos
revelan que tenemos una
deuda visual con nuestras
historia, pero no
necesariamente con lo
político, lo económico o lo
social, sino con eso que
mágicamente ha logrado
capturar la cámara de
hombres como Majid Majidi
con Los niños del cielo; El
espejo y El círculo de Jafar
Panahi, y la obra de Abbas
Kiarostami y Mohsen
Makhmalbaf, padres de esta
generación de directores
capaces de sorprendernos,
como lo dice la crítica
argentina Marcela Raggio,
con su "Estética de lo
simple". Este es un cine que
no aliena, sino que descifra
lo cotidiano, que pone de
presente como en el cameo de
Kiarostami al final de El
sabor de las cerezas, que el
cine no es más que un
artificio, un juego de niños
grandes y que lo
verdaderamente importante
está por fuera de la
hechicera pantalla, en la
vida personal e íntima de
cada espectador.
La nación de donde procede
este cine ha sido golpeada
por catástrofes naturales,
que han devastado regiones
enteras; sumado a esto el
bloqueo internacional por
parte de los Estados Unidos,
que fácilmente hace enemigo
suyo a toda cultura que no
se doblegue ante sus
intereses. Hace pocos años,
con la ayuda económica y
militar norteamericana,
poblaciones enteras de Irán
fueron envenenadas con armas
químicas iraquíes. Hemos
visto toda la propaganda
oscura que se hace contra
los musulmanes: no hay
libertad, no hay democracia,
las mujeres son subyugadas,
como si todo eso fuera lo
contrario en Occidente. Pero
el cine iraní con su
"Estética de lo simple",
poética de lo cotidiano o
realidad espiritual, como lo
quieran llamar, es el único
capaz de contarnos no lo
colectivo sino lo
individual, no lo masivo
sino lo personal, no lo
público, tan manipulable,
sino lo íntimo: ya sea un
niño que lucha contra el
mundo de los adultos por
ayudarle con los deberes
(tareas) a su compañero, o
la carrera y el esfuerzo de
otro por darle unos zapatos
a su hermana, o el director
que va en búsqueda de sus
actores naturales que luego
de unos años están entre los
damnificados de un
terremoto, o el ciego que
con sus oídos escucha el
viento contra las ramas, el
agua que bordea las piedras
y las estrellas de este
único cielo posible, la
vida. |