Rodrigo
Lalinde va acumulando como director de fotografía
una cantidad de méritos que no sólo
lo hacen a él digno de homenajes -los cuales
intenta impedir, ruborizado-, sino a sus películas
merecedoras de ser vistas, disfrutadas, estudiadas,
recordadas.
Valga
este homenaje que el Festival quiere hacerle como
mínimo acto de justicia a uno de los hombres
fundamentales de la actual cinematografía colombiana.
Charlas, conferencias y encuentros con los amigos
y con los espectadores, amén de cuatro largometrajes,
constituyen el menú "Lalinde" de
nuestro certamen.
BREVE
VIAJE CON UN COMPAÑERO DE CINE
Por
Víctor Gaviria
Rodrigo
Lalinde ha sido el compañero de cine más
entusiasta, más generoso y más creativo
que han tenido los directores colombianos desde 1985,
cuando hizo su primera dirección de fotografía.
Con un padre músico y un hermano pintor (su
papá, ya fallecido, es el secreto mejor guardado
porque escribió más de 300 canciones
inéditas de música colombiana), la primera
vez que lo vi fue como sonidista en 1981, acompañando
a Sergio Cabrera en la realización de tres
cortometrajes sobre la Bienal de Arte de Medellín.
Luego conocí su tesis de grado, Cachipay, rodada
en 16 mm blanco y negro, y a pesar de que no he retenido
el argumento ni su destino final, recuerdo algunas
imágenes y algunos encuadres concebidos desde
un punto de vista hermoso y original.
Esta
originalidad, este carácter creativo, de chispa
que se enciende a cualquier hora del día, se
ha manifestado siempre desde el comienzo. En La vieja
guardia, que fue su primera dirección de fotografía,
en 1985, un mediometraje argumental que relataba la
historia de tres jubilados del ferrocarril que pasan
sus días en una pequeña estación
de provincia, Rodrigo Lalinde se emocionó con
el sol del lugar y decidió meterlo en todos
los interiores diurnos a través de espejos
y pantallas brillantes, sin utilizar para nada ninguna
luz de cine, y estableció así una relación
esencial entre los exteriores y los interiores, como
no se acostumbraba antes en nuestras películas.
Esta idea práctica de introducir la luz del
sol a través de espejos, no era obviamente
una idea original de Rodrigo. Había nacido
cuando los fotógrafos del país vieron
trabajar al director de fotografía de la pelícua
rusa Los Elegidos, rodada unos años antes en
Bogotá. Pero Rodrigo se atrevió a hacerlo,
y creó, entre los potreros soleados llenos
de guayabos verdes y los interiores de la estación
o de los vagones del tren, una continuidad tan estrecha
que los interiores se llenaban del aire del campo
abierto, como si las paredes de la estación
y las paredes de los vagones fueran a veces casi transparentes.
Había metido, con gran picardía, la
luz dorada de afuera a los interiores.
Ese
mismo año, Carlos Mayolo, "inconsecuente"
como siempre y haciendo caso a las consejas de sus
amigos, llamó a este fotógrafo "primíparo"
para que respondiera por la dirección de fotografía
de su segundo largometraje, La mansión de Araucaima,
el relato de Álvaro Mutis, "novela gótica
de tierra caliente", como el mismo autor la subtituló.
Y Lalinde, que debía ser fiel a esa mezcla
que produce la "tierra caliente" entre aniquilamiento
incesante y sensualidad, intervino antes del rodaje
haciendo pintar todas las paredes blancas de la hacienda
con un color amarillo de tierra nativa, que estaba
más acorde con la naturaleza fatídica
que la rodeaba. Y al precipitarse las primeras noches
de rodaje, decidió también clausurar
de una vez por todas con la convención de la
noche azul, que siempre se había utilizado
en nuestro cine, dando a entender que era la luna
la que iluminaba de azul los espacios y los personajes.
Rodrigo creyó que estaba más de acuerdo
con el trópico y con la "tierra caliente"
una luz nocturna dorada, una luz ámbar que
impregnaba las noches de sensualidad. Como si el sol
siguiera trabajando de noche, detrás de una
pared, continuando su doble labor de deseo y destrucción.
Luego
vino su segundo largometraje como director de fotografía,
que fue el primero mío, Rodrigo D. - No futuro.
A los dos rasgos de su estilo en gestación,
que eran introducir el sol a los interiores a través
de espejos y pantallas y establecer para sí
mismo que las noches ya no eran azules sino doradas,
Rodrigo Lalinde agregó otro rasgo en esta película
que quiero explicar aquí brevemente. Es algo
que yo llamaría un "expresionismo casual",
que consiste en darle a las secuencias un entramado
profundo de luces y sombras (tanto diurnas como nocturnas),
que provienen de elementos cotidianos y casuales,
como los alambres de ropa o los alambres innumerables
de la luz de contrabando, o las celosías de
una ventana, o las líneas duras de un poste
que se entromete... Estas luces y sombras contrastadas
caen sobre los lugares o sobre los rostros de los
actores, de una forma casual, producidas por el desorden
de nuestras ciudades, pero que provocan inevitablemente,
como sin querer, un sentido altamente dramático
en la escena. Es un expresionismo involuntario, no
el expresionismo "artístico" que
da una lectura dramática a algo que por sí
mismo, por su esencia, lo merece.
En
Rodrigo D. - No futuro los lugares eran triviales,
las calles de tierra, deformes por la inclinación
de la montaña, flanqueadas de casas sin revocar
e interrumpidas por lotes con matorrales, apenas podían
llamarse así... Igual los rostros de aquellos
muchachos que ni siquiera eran actores. Pero la luz
y la sombra, que descreen de merecimientos, producidas
por un trivial bombillo de luz colgado detrás
de una pared, creaban de pronto unos bellos misterios
en estos personajes, que entonces parecían
llenarse de un dramatismo inesperado. Rodrigo Lalinde
estudiaba estos efectos imprevistos que hacen las
mismas lámparas del alumbrado público
en los barrios, que de pronto embellecían,
con una verdad dramática, rostros y cosas que
no tenían antes ningún valor. Y luego
trataba de "copiar" estos efectos con las
luces del cine, que debían esconderse, filtrarse
y dirigirse de cierta forma tortuosa, para que se
provocara esa misma sensación de "expresionismo
casual".
Este
"expresionismo casual" se mezcla con la
escena, y cuando ambos, que estaban tan alejados,
milagrosamente se acercan, se enciende durante unos
segundos una chispa poética, y lo que era casual
se transforma en destino irremediable.
Hay
otros rasgos que Rodrigo Lalinde fue incorporando
y desarrollando en sus siguientes trabajos: por ejemplo,
su relativización de las fuentes de luz, porque
Rodrigo cree que la luz natural que entra por una
ventana circula con tal fuerza por toda la habitación
que siempre debe crearse un contraluz tan fuerte como
la fuente de luz, concepto que produce gran belleza
y volumen, pero también grandes dificultades
durante el rodaje.
Vinieron
después otros largometrajes hasta sumar ocho,
y que son todos ellos, sin excepción, parte
de lo mejor que ha hecho el cine colombiano en la
última década: Soplo de vida, La vendedora
de rosas, Utopía, La Virgen de los Sicarios,
Bolívar soy yo, Sumas y restas. Responsabilizado
en ellos no sólo de la luz, sino de la imagen
integral, como lo aprendió de su maestro Almendros,
quien aparecía en los créditos de sus
películas como "Director de Imagen".
Detrás de los buenos momentos de estas películas
están también las buenas ideas de Rodrigo
Lalinde, que ha llenado estos últimos 17 años
de cine colombiano con su entusiasmo, su generosidad,
su incansable originalidad. Pero sobre todo, con su
alegría contagiosa para hacer cine de calidad...,
también con nosotros.
|
|
La
vendedora de rosas, Víctor Gaviria
|
La
virgen de los sicarios, Barbet Schroeder 
|
Soplo
de vida, Luis Ospina
|
La
mansión de Araucaima, Carlos Mayolo 
|