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Él
contaba de sí mismo que peleó
en la revolución, que enseñó
a bailar a Rodolfo Valentino, que
posó desnudo para el escultor
que hizo la estatuilla del Óscar
y que el gran amor de su vida no
fue ninguna de sus mujeres, sino
la inconquistable Olivia de Havilland.
El mito, la leyenda y el genio se
combinaron en este pintoresco personaje,
bronco como un caballo salvaje pero
capaz de la ternura más cursi.
El cine le llegó como consecuencia
y lo convirtió en el más
célebre director mexicano.
Aunque los
orígenes de la carrera de
Emilio Fernández se pierden
en el mar de contradicciones que
el mismo director generó
en sus múltiples declaraciones
a la prensa y a sus biógrafos,
es cierto que el Indio
se involucró en el quehacer
cinematográfico a finales
de los años veinte, durante
su estancia en Hollywood. Sus participaciones
como extra en la Meca
del Cine lo llevaron a relacionarse
con varios de los mexicanos que
trabajaban en aquella ciudad, muchos
de los cuales volverían a
México unos años después
para integrarse a la naciente industria
del cine nacional.
Fernández
hizo lo propio alrededor de 1934,
año en que participó
como actor en Corazón bandolero
(1934) de Raphael J. Sevilla y en
Janitzio (1934) de Carlos Navarro,
su primer estelar. Según
Carlos Monsivais, Janitzio se haría
significativa en la
obra del Indio por iniciarse
allí su forcejeo erótico
con las tradiciones. Zirahuén,
el personaje sacrificial que interpreta,
es el antecedente de Lorenzo Rafail
(sic) en María Candelaria
y es el perfil hierático
que anticipa una cauda de estatuas
móviles y simbólicas.
Gracias a Janitzio el Indio descubre
la estética mexicana:
la conquista de la Naturaleza por
la fotografía, la doma del
ser humano por la tragedia.
Alternando
su carrera de actor con la de guionista,
Fernández consiguió
darse a conocer en el naciente mundillo
cinematográfico mexicano
de los primeros años del
sonoro. Para 1936 ya había
escrito el guión de La isla
de la pasión (1941), película
que señalaría su debut
como director. Realizada gracias
al apoyo de Juan F. Azcárate
un militar convertido en productor
de cine, la primera cinta
del Indio obtuvo un éxito
modesto pero suficiente para cimentar
su carrera como realizador. Dos
años más tarde, Fernández
se apuntaría sendos éxitos
consecutivos con Flor Silvestre
(1943) y María Candelaria
(1943).
Durante los
siguientes cinco años, Emilio
Fernández consiguió
algo que ningún director
mexicano hasta entonces había
logrado: crear una estética
propia. Influido por Eisenstein,
John Ford y la pintura de Diego
Rivera y José Clemente Orozco
y con la invaluable colaboración
del fotógrafo Gabriel Figueroa,
el guionista Mauricio Magdaleno,
la editora Gloria Schoemann y los
actores Dolores del Río,
Pedro Armendáriz, María
Félix y Columba Domínguez,
entre otros, el Indio construyó
un México cinematográfico
de nubes, magueyes, haciendas y
claroscuros que se convirtió,
para bien o para mal, en la imagen
mexicana en el resto del mundo.
La fórmula
del cine de Emilio Fernández
no logró sobrevivir más
allá de una década,
pero su inolvidable presencia y
constante actividad lo convirtieron
en un símbolo de continuidad
para una maltrecha industria cinematográfica
que daba tumbos sin lograr recuperar
su antiguo prestigio. En los años
setenta, con el apoyo del Estado,
Fernández lograría
filmar sus cuatro últimas
películas, ninguna de las
cuales aportó mucho a su
dispareja filmografía. Su
leyenda, sin embargo, estaba firmemente
enraizada en el imaginario fílmico
mexicano, el cual no podría
existir sin la presencia del Indio
Fernández (1).
1. Diccionario
de directores del cine mexicano.
México: Consejo Nacional
para la Cultura y las Artes (CONACULTA)
y Cineteca Nacional. 2000.
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