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Por: Juan Guillermo
Ramírez, Dirección de Cinematografía
del Ministerio de Cultura
El cine de
Latinoamérica, como arte
representativo por antonomasia,
construyó su espectador alrededor
de la idea de testigo. Haciendo
que ingrese en el código
de la representación a partir
de infinidad de recursos que estuvieron
orientados a lograr el efecto de
realidad, una sensación de
aquí y ahora o bien, la sensación
de estar asistiendo a una representación
no mediada o lo menos mediada posible.
El espectador
se encuentra ante la escena que
se le presenta desnuda, sin más,
para ser reconstruida por él
mismo. El cine denominado político
intentó que el espectador
se reconociera como protagonista,
además de testigo; haciendo
que recuerde y no perdone; que se
sienta parte del documento que se
le muestra.
Como todo
el cine, el cine comprometido o
de intenciones políticas
es un documento en sí mismo,
habla de una época, de un
pueblo, de una realidad, tal vez
lejana pero nunca poco actual en
naciones latinoamericanas. En sus
distintas especificidades, propone
una restauración de la memoria,
una llamada a la acción:
propone la construcción o
reconstrucción de una identidad.
En América
Latina, se rastrea el auge del cine
comprometido políticamente,
en especial en la década
de los años 60 cuando la
América periférica
comprende, o empieza a comprender,
lo que es; se hace cargo de aquello
en que la han convertido, advierte
la necesidad de cambio. Contra la
opresión y el colonialismo
no luchan los países sino
el pueblo organizado, armado, que
se hace cargo, o aquel pueblo que
está ausente y debe reconstruirse
como clase. El cine comprometido
puede mostrar la fuerza del pueblo,
puede mostrar la lucha contra la
violencia o puede mostrar la falta
de conciencia de clase, la ausencia
de raíces, la falta de medios
y de ilusión.
Guillermo
Cabrera Infante, escritor cubano
y ganador del premio Cervantes en
1997, en entrevista publicada en
el diario La Nación, de Buenos
Aires, el 7 de abril de 2002, aseguraba
que la denominación Latinoamérica
solamente crea confusión,
ignorancia y racismo. Seguramente
cabe preguntarse si tiene o no razón,
si es casualidad que los países
latinoamericanos hayan atravesado
procesos políticos similares
en muchos casos, si es casualidad
que el pueblo aparece en sus documentos
y en su cine armado y con lágrimas
en los ojos. Pero, de cualquier
manera, la denominación Latinoamérica
es la referencia que se tiene en
cualquier recorrido, como este,
que no pretende ser cronológico
y mucho menos exhaustivo, sino un
paseo por similitudes y diferencias
de lo que la violencia le hizo a
este montón de países
hermanos.
Las fuentes
de este cine, además de la
obvia necesidad de expresión,
pueden rastrearse en el neorrealismo
italiano en sólo algunos
aspectos relacionados con la imagen,
tal vez en la nouvelle vague y en
su gusto por la experimentación.
Pero el principal origen que han
tenido está en la violencia
que se ha ejercido sobre sus pueblos.
El cine comprometido pretende denunciar
estas verdades y mostrarlas con
toda la artillería que posee,
con la imagen y el sonido puestos
a disposición de un grito,
en muchos casos, ahogado. A partir
de la Revolución Cubana el
1º de enero de 1959, el cine
sirvió para mostrar las miserias
de un continente signado por la
opresión. El denominado Nuevo
Cine Latinoamericano se ofreció,
nació como un movimiento
que dio sus primeros pasos en Argentina
y Brasil para aparecer luego en
Cuba.
Animados por
el concepto de cine imperfecto,
así llamado en ensayo escrito
por el cubano Julio García
Espinosa y difundido a principios
de los años 70, la meta era
la creación de películas
desentendidas de la actividad estética,
porque importaba el aspecto sociocultural
de la creación. Los valores
apuntaban más en este sentido
que en el de la exploración
y goce estilísticos. Las
imágenes de pobreza y marginación
conformaron una nueva estética,
la estética de la violencia.
Haciendo resurgir temáticas
relegadas y más propias que
la exploración por los caminos
del arte, como en Bolivia, por ejemplo,
la temática indígena
más propia en tanto necesaria.
Este nuevo cine aboca al reconocimiento
de las propias capacidades y a la
toma de conciencia del poder. Los
procesos revolucionarios en América
Latina se dieron en el seno de regímenes
no consolidados y el cine no acalló
su voz a pesar de los medios escasos,
la clandestinidad, la pobreza extrema
y la violencia sufrida y provocada.
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