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El
lunes comienza el domingo, cuando
después de ver El acordeón
del Diablo vamos por el muelle
de Los Pegasos y alguien canturrea
dos versos de una salsa vieja:
"Hay fuego en el veintitrés".
Pregunto la hora. Responden que
son las doce y les digo: "Adivinen
quién está cumpliendo
veinticinco años de muerto
hoy". Acatan de inmediato:
"Andresito", dicen,
y sus voces recorren el espectro
de sentimientos que hay entre
la admiración y la ternura.
Lo veo caminar entre los pegasos
estáticos, perdido en la
penumbra. Cabello largo, ojos
de muchacho con demasiados caminos,
escribiendo siempre, susurrando
aquella salsa.
El
4 de marzo de 1977 Andrés
Caicedo se suicidó con
sesenta pastillas de Seconal en
su apartamento de Cali. Sus dramas
de ese momento incluían
el no haber podido venir a Cartagena
para el Festival. Tenía
veinticinco años y ya había
escrito la literatura más
importante de su generación
y la crítica de cine más
autorizada y entusiasta, e iba
a hacer muchas películas,
muchas obras de teatro, muchos
libros. El problema era que habría
seguido envejeciendo, como nosotros
que ya somos mayorcitos que él,
y en él la vejez constituiría
traición.
(César
Alzate Vargas, en: "Querido
Marlon. Un viaje positivista de
viaje". Kinetoscopio 62 -Medellín,
junio del 2002).
TODO SIGUE DESPIERTO
(MIENTRAS NOSOTROS DORMIMOS)
Por
Santiago Andrés Gómez
No
sé si la crítica
sea, en últimas, un arte
propio, parte de la literatura,
e hija del cine, o si acaso no
exige de su autor sino un juicio
certero, o aquello que llaman,
sin definirlo nunca bien, buen
gusto. El caso es que Andrés
Caicedo fue un artista en su crítica:
esta apuntaba hacia una obra propia,
hacia una verdadera estética
por venir. En ese sentido, siempre
fue certero y siempre fue aberrado.
Además, fue un artista
en todo lo que emprendió,
aun dejándolo sin acabar,
como en varios cuentos y novelas,
como en su película Angelita
y Miguel Ángel, o como
en el último número
de su revista, la pionera Ojo
al Cine.
Andrés
Caicedo Estela fue criado en una
onerosa familia durante los años
de la dictadura de Rojas y el
Frente Nacional, años recordados
por ser los de una "inmediata
paz ficticia", para decirlo
con las palabras con las que,
en otro contexto, él describió
el sentimiento producido por la
cocaína, la cual le sirvió
para volver en su memoria a esa
niñez perdida, a recuperarla,
antes de matarse, el 4 de marzo
de 1977, a los 25 años,
luego de haber hecho lo mismo
toda su breve vida en obras de
teatro que se representan hoy
en día con lleno total,
en una escasa cinta de corto metraje
que sigue y seguirá reuniendo
espectadores, como un pequeño
clásico del cine argumental
colombiano, y en una multitud
de ficciones literarias por las
que se dilata y contrae el corazón
de un mundo único.
Angelita
y Miguel Ángel fue filmada
en 1972, codirigida por Carlos
Mayolo y Andrés Caicedo,
y editada a mediados de los años
ochenta por Luis Ospina. Es, pues,
una obra pura del conocido Grupo
de Cali, el mismo que definió
un capítulo de la historia
del cine nacional. En ella se
ven los alcances del argumental
y sus vacilaciones en un combo
que era ante todo documentalista,
con la excepción de Caicedo,
quien sentía la diferencia
de su modo de ser cineasta y se
introvirtió tras el fracaso
de la cinta, la cual no pudo resistir
la tensión entre el pulso
atrevido de Mayolo y el detallismo
artificioso de Caicedo.
Cabe
recordar que el documentalismo
tenía una connotación
izquierdista que hacía
ver a Caicedo como un retardatario.
El tiempo, sin embargo, no ha
dejado que envejezcan las imágenes
dirigidas por él y ha demostrado
que el enriquecimiento que se
prevé cuando aparece el
personaje del barrio popular,
era imposible. Los mismos conflictos
de la película, conflictos
sociales, sucedían en la
filmación. Sin el concurso
de Caicedo no había perspectiva
y la película, sencillamente,
adquiría una apariencia
deforme. Ospina, el editor, supo
hacer de este problema un recurso
narrativo que vuelve a Angelita
y Miguel Ángel un argumental
y un documental a la vez, documental
sobre la propia hechura del argumental.
La
devoción por el cine y
por los detalles ínfimos
de la vida, devoción por
la literatura y por la música,
es lo que heredamos de Caicedo.
Él nunca lo supo, pero
sí pudo filmar el final
de su película como lo
quería: la gente bailando
y la pareja en el éxtasis
de la montaña. Hablar de
ello es hablar de una influencia
que tuvo sobre sus "pocos
buenos amigos" y que tendrá
por mucho tiempo en muchos más.
Tal vez ese muchacho desesperado
era un inmortal que no supo aguantar.
Tanto más le debemos, luego.
Sea este homenaje una muestra
de agradecimiento.
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